jueves, 23 de diciembre de 2010

India: Artículo del PCI (M-L) Naxalbari


Traducido por ODIO DE CLASE
[Artículo del Partido Comunista de la India (Marxista-Leninista) Naxalbari que procede de la revista teórica de dicho partido llamada NAXALBARI en su número 3 de diciembre de 2010. El PCI (M-L) Naxalbari es un partido político maoísta clandestino de la India que apoya la Guerra Popular que dirige el Partido Comunista de la India (Maoísta), y que así mismo es integrante del Movimiento Revolucionario Internacionalista. En la India aparte del PCI (Maoísta) que es la principal fuerza y quien dirige la Guerra Popular, hay otras fuerzas maoístas entre ellas el PCI (M-L) Naxalbari que realiza este artículo. Publicamos este artículo como contribución al debate y a la lucha de líneas dentro del movimiento maoísta. ACLARACIÓN: la publicación de dicho artículo no implica que nos identifiquemos con sus planteamientos.]


La confrontación es correcta, pero...

Mao Tsetung dijo que "el marxismo es confrontación." Los maoístas a menudo lo citan. Pero, ¿hasta qué punto sirven ellos para la confrontación? ¿Saltan ellos "al ruedo", llenos de energía, cuando surgen las disputas? ¿Mueven a la confrontación cuando creen que hay cuestiones vitales en juego? ¿O permanecen pasivos en este frente?

La cuestión debería considerarse también desde otro ángulo. ¿Cuánta lucha ideológica se realiza abiertamente? En la práctica habitual del amplio movimiento maoísta, así como en el seno del Movimiento Revolucionario Internacionalista (MRI), las diferencias sólo se airean, sólo se hacen públicas, en su mismo final, cuando han llegado al nivel de denuncia o de escisión. También se pueden dar casos extremos en que las diferencias ideológicas, a nivel de dirección o entre grupos, sean conocidas sólo de unos pocos al más alto nivel durante un largo periodo de tiempo, aunque esto sea la excepción. La justificación de ello reside en la necesidad de llevar a cabo la lucha ideológica de una manera organizada. Todo partido maoísta dotado de una práctica seria, cualquiera que sea su nivel, debe sin duda manejar todas las cuestiones, incluyendo la lucha ideológica, de manera sistemática y organizada. Puede haber también momentos en la vida de un partido o durante una revolución en que el debate deba limitarse a círculos reducidos al objeto de presentar ante el enemigo una fuerza poderosamente unida. No obstante, las normas adecuadas a las circunstancias excepcionales han llegado a extenderse más allá de los límites justificables, asfixiando la lucha ideológica. Ello, a su vez, obstaculiza la politización de las masas, cuya importancia vital fue puesta de relieve por la Gran Revolución Cultural Proletaria (GRCP).

La lucha ideológica abierta fue la práctica normal en el movimiento comunista internacional. Las agudas críticas formuladas por Marx y Engels o las polémicas de Lenin contra distintas tendencias, dentro y fuera del movimiento, son buenos ejemplos. La III Internacional (Comintern) fue una organización altamente centralizada, tanto en sus posiciones como en sus métodos organizativos. Sin embargo, el debate abierto sobre las diferencias continuó en el seno de la Internacional Comunista y de sus partidos hasta el X Congreso del Partido Comunista Ruso. La Revolución rusa se enfrentaba a una situación extremadamente difícil y era necesaria la unidad absoluta del partido para superarla. Lenin propuso y consiguió que se adoptara una resolución que prohibía las facciones y las posiciones faccionales en el Partido. Sin embargo, esta medida excepcional se convirtió más tarde en la norma. Quedó santificada con los puntos de vista de Stalin sobre el "partido monolítico". Las críticas de Mao Tsetung a esta concepción, así como sus esfuerzos conscientes por crear una atmósfera viva dentro del Partido y la sociedad trajeron algunos cambios, especialmente durante la GRCP. Pero las normas se mantuvieron formalmente sin cambios. Guiaron al nuevo movimiento maoísta.

El principal argumento en contra de convertir en norma la lucha ideológica abierta, en lugar de en excepción, es que da al enemigo oportunidades para crear confusión. Las diferencias graves que subyacen en una lucha ideológica, especialmente en el nivel de dirección, en el seno de un partido o entre partidos, se reflejarán inevitablemente en la propaganda abierta y en cierta medida en la práctica. Cuando la lucha se desarrolla dentro de un partido, su reflejo en la propaganda abierta puede prevenirse mediante decisiones de la organización. Pero esto también es posible sólo en cierto grado, a menos que se recurra a la concepción del "partido monolítico". Cuando la lucha es entre partidos, ese control de la organización se vuelve aún más débil y problemático dado que cada partido hará inevitablemente propaganda abierta de sus puntos de vista. Cualquier lector atento puede darse cuenta fácilmente de las diferencias. Las estructuras del enemigo dedicadas a esta tarea lo captan rápidamente por sí solas. De este modo, nos encontramos ante una situación en que el enemigo y sus instrumentos de inteligencia se percatan pronto de las diferencias dentro del movimiento maoísta. Valoran sus implicaciones e incluyen este factor en sus estrategias y tácticas. Mientras tanto, los cuadros inferiores y las masas están en la más absoluta ignorancia y, lo que es peor, desprevenidos e inermes con una falsa sensación de unidad. Por otra parte, una minoría diminuta, con capacidad para colgar información en Internet, puede subvertir hoy día fácilmente el control de las informaciones organizado de arriba abajo. Puede acumular todo tipo de información, muy a menudo engañosa. Pero en ausencia de informes auténticos, esta desinformación gana credibilidad; al menos, bajo la forma de "algo se está cocinando por arriba". El resultado final es un montón de rumores en circulación, confusión y debilitamiento general del movimiento. La norma consistente en evitar la lucha ideológica abierta, entre partidos, termina, sin duda, por impedir los mismos objetivos que se proponía lograr. Resulta más útil para el enemigo.

Profundizando aún más en ello, tropezamos con otro mal hábito heredado de nuestro pasado: la exaltación artificial del liderazgo. Esto se dio después de Lenin. Es una parte inseparable de la concepción del partido monolítico, junto con las normas tratadas más arriba. Y choca directamente con estas normas. La autoridad de Lenin se derivaba de sus palabras y de sus actos, ligados a las necesidades del partido y del proletariado internacional. Su autoridad no surgió de una ristra de adjetivos, juramentos, de citar un nombre o de alzarle hasta estar al mismo nivel de sus ilustres predecesores. De hecho, Lenin luchó con todas sus energías contra esas tendencias, hasta el punto de insistir en que el Comité Central hiciera denuncia pública de ellas. Precisamente a causa de este enfoque, el peligro de ser acusado de irreverencia contra el "Gran Dirigente" quedó eliminado, abriéndose de este modo un espacio para el debate crítico. Una vez impuesto el estilo consistente en embellecer la figura del dirigente con "apositos", en lugar de basarlo en la autoridad que surgirá necesariamente del papel de esa persona como dirigente, se crea indefectiblemente una mentalidad feudal de reverencia en el seno del partido y de las masas. Su corolario es la hostilidad hacia la crítica. A pesar de todo el fervor de nuestras palabras sobre la necesidad de ser científico y crítico, el estado de ánimo será, parafraseando uno de los comentarios de Mao sobre Stalin, "No dejes de criticar, pero ni una palabra sobre los míos."
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"Muchas cosas se pueden convertir en
una carga, en un estorbo, si nos aferramos a ellas
ciega y acríticamente."
Mao Tsetung

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