martes, 28 de diciembre de 2010

PACIFISMO Y COMUNISMO


(De «Battaglia Comunista», n° 13, 1949)

«El pacifismo, como renuncia genérica al empleo de los medios violentos de estado contra estado, de pueblo contra pueblo y de hombre contra hombre, es una de las tantas ideologías vacías, sin fundamento histórico, contra la que el marxismo ha hecho justicia. Las doctrinas de la no resistencia al mal, aparte de ser irreales y sin ejemplos históricos, no pueden servir más que para destruir en el seno de la clase obrera la preparación para levantarse mediante el uso de la fuerza para aplastar al régimen burgués, ya que los marxistas no admiten que pueda caer de otra forma; son, por lo tanto, doctrinas antirevolucionarias.»


AYER

En la tradición de los marxistas revolucionarios es muy sólida la oposición al nacionalismo y al militarismo, a cualquier «guerrerismo» basado en la solidaridad obrera con el estado burgués en guerra por los tres famosos motivos truhanescos: la defensa contra el agresor -la liberación de los pueblos gobernados por estados de otra nacionalidad-, la defensa de la civilización liberal y democrática.

Pero una tradición no menos sólida de la doctrina y de la lucha marxista es la oposición al pacifismo, idea y programa poco definible, pero que, cuando no es una máscara hipócrita de los preparativos de guerra, se presenta como la insípida ilusión quede forma prejuiciosa, al definirse y al desarrollarse de los contrastes sociales y las luchas de clase se deba oponer a los contrastes de opiniones y de formaciones clasistas de cara al objetivo, de la «abolición de la guerra», de la «paz universal».

Los socialistas han sostenido siempre que el capitalismo determina inevitablemente las guerras tanto en la fase histórica en la cual la burguesía establece su dominio construyendo los estados nacionales centralizados, como en la imperialista moderna, en la que se dirige a la conquista de los continentes atrasados y los distintos Estados históricos compiten para distribuirse su dominio. Quien quiera abolir la guerra debe abolir el capitalismo y por lo tanto si existen pacifistas no socialistas es necesario considerarlos como adversarios, pues, aunque actúen de buena o mala fe (el peor de todos estos problemas para nuestro movimiento y comportamiento es el primer caso) nos inducirían a ralentizar la implantación de nuestra acción clasista y la lucha contra el capitalismo, sin llegar al objetivo ilusorio de un período capitalista sin guerras, que no es nuestro objetivo.

Para decirlo brevemente: será no obstante útil establecer que el análisis de las guerras entre los estados, dado por la escuela marxista, no se ha reducido nunca (ver Marx, Engels, Lenin) a un simplismo que diga que no hay repercusiones sustanciales de la marcha y del éxito de las guerras sobre los desarrollos y sobre las posibilidades del socialismo revolucionario, y si nos referimos a la modernísima fase actual capitalista, el análisis completo no nos lleva de ningún modo a descartar la posibilidad después de ulteriores desarrollos, de un sistema capitalista organizado en todo el mundo en un complejo unitario, ya sea estado, superestado o federación capaz de mantener la paz por doquier. Este parece hoy cada vez más el ideal de los grupos super filibusteros del capital y de sus mantenedores como los Truman, los Churchill y jenízaros menores. No excluimos esta eventualidad de la paz-burguesa que antes de 1914 era pintada por los distintos Norman Angelí con colores idílicos, pero admitiéndola, la consideramos una eventualidad peor que la del capitalismo, generados por guerras en serie hasta su derrota final; vemos en ella la expresión más contrarrevolucionaria y antiproletaria, que no tiene nada de sorprendente para la visión teórica marxista, y que mayormente concentra al servicio de la opresión capitalista, en una policía mundial de hierro con un mando único y con el monopolio de todos los medios de destrucción y de ataque, el medio de destrozar cualquier rebelión de los explotados.

El pacifismo como renuncia genérica al empleo de los medios violentos de estado contra estado, de pueblo contra pueblo y de hombre contra hombre, es una de las tantas ideologías vacías, sin fundamento histórico, contra la que el marxismo ha hecho justicia. Las doctrinas de la no resistencia al mal, aparte de ser irreales y sin ejemplos históricos, no pueden servir más que para destruir en el seno de la clase obrera la preparación para levantarse mediante el uso de la fuerza para aplastar al régimen burgués, ya que los marxistas no admiten que pueda caer de otra forma; son, por lo tanto, doctrinas antirevolucionarias.

El mismo cristianismo, que es hoy un medio puntero de adormecer a los oprimidos y de aceptación de la injusticia social con el horror hacia la violencia, que hipócritamente no impide a los curas de todas las iglesias bendecir las guerras y las represiones de la policía, como hecho histórico llegó con lucha e incluso Cristo dijo que no había venido a traer la paz sino la guerra.

La tesis posterior de que la guerra fuese inevitable en las sociedades antiguas y medievales pero que una vez afirmada por doquier la revolución burguesa y liberal sería posible dirimir los conflictos entre los estados con medios incruentos, ha sido siempre considerada por los fundadores del marxismo como una de las más asquerosas y estúpidas apologías del sistema capitalista. Carlos Marx, que siempre debió enfrentarse a estos ideólogos desgañitados del civismo burgués no economizó su infinito fastidio y acabó blandiendo su infalible látigo sobre sus divagaciones, y en la ruptura con el falso revolucionarismo anárquico bakuninista una de las razones de principio fue el frecuentar por los libertarios estos ambientes a la suiza y de carácter cuáquero.

Toda la poderosa campaña contra los socialpatriotas de 1914, que nunca podrá tratar e ilustrar suficientemente el duro trabajo para reconducir sobre la vía justa el movimiento proletario, los hizo saltar por los aires al mismo tiempo como renegados en cuanto que eran siervos del militarismo, y en cuanto siervos de la correlativa dirección burguesa de solidaridad jurídica internacional y ginebrista, en lo que para Lenin consistía la verdadera Internacional capitalista para la contrarrevolución.


HOY

En vísperas de cualquier guerra el reclutamiento de las milicias se hace hoy con medios más complejos que en los siglos pasados. En la sociedad greco-romana combatían los ciudadanos libres y los esclavos se quedaban en casa. En la época feudal la aristocracia tenía como función suya la guerra y completaba sus ejércitos con voluntarios: voluntario y mercenario son la misma cosa, quien decide por iniciativa propia ser soldado aprende dicho arte y busca un puesto. La burguesía capitalista introdujo la guerra a la fuerza; pretendiendo haber dado a todos la libertad cívica abolió la de no ir a hacerte matar, quiso de esta forma que se hiciese gratis o sólo por el rancho. Un viejo melodrama decía en tiempos del absolutismo: vendida la libertad, se hace uno soldado. El censor se alarmó de la terrible palabra libertad y la quiso cambiar por lealtad. Por doquier el nuevo régimen burgués consideró a la libertad personal como algo demasiado noble como para pagarla, y la tomó sin prestación alguna.


El Estado dispone hoy, por lo tanto de mercenarios, de voluntarios y de soldados forzosos, pero la guerra ha llegado a ser un hecho tan vasto que todo esto no es todavía suficiente. Los efectos de la guerra pueden suscitar el descontento de toda la población militar o casi toda y para frenarlo más allá de las distintas policías del frente externo e interno está aconsejada toda una movilización de propaganda a favor de la guerra misma, el colosal pregón de mentiras al cual la historia de los últimos decenios nos obliga a asistir por oleadas, y que ha rehabilitado todos los tipos de pregonero que registra la vida de los pueblos, del hechicero de la tribu al augur romano, al cura católico, al candidato al parlamento.

Ahora en esta preparación de la masacre, en esta fábrica de entusiasmos por la carnicería general, un conocidísimo personaje está a la cabeza de todo este carnaval macabro, la gran Idea, la noble Causa de la Paz, la Cándida paloma reducida a emplumada señorita.

Entre la chatarra de la ideología burguesa los jefes traidores han conducido a la clase obrera mundial totalmente descompuesta, y la han prostituido tras todos estos fantoches, entregándola extraviada y pasiva a los deseos de su enemigo de clase. Le han dado la consigna de combatir por todas las finalidades propias de sus opresores, la han puesto a disposición para la patria, lá nación, la democracia, el progreso de la civilización; para todo menos para la revolución socialista. Son capaces de ponerla a disposición para tumultos, para algaradas y para revoluciones, pero sólo cuando son las revoluciones de los otros.

Mientras que en Rusia había que hacer aún dos revoluciones y según la visión marxista no era posible hacer sólo una, se debieron combatir dos tipos de oportunistas (los mismos que fueron batidos por Marx en el 1848 europeo): los que querían injertar un economicismo socialistoide al régimen zarista y los que querían servirse de los obreros para una revolución burguesa, sosteniendo que era necesario dejar vivir más tiempo el régimen capitalista para una posterior evolución. Lenin grabó la posición revolucionaria en una frase muy simple: la revolución debe servir al proletariado, no el proletariado a la revolución. Es decir: nosotros no estamos aquí para poner al movimiento obrero, que hace jefe a nuestro partido, al servicio de propuestas y reivindicaciones o incluso de revoluciones de otras clases, sino que queremos mandarlo a la lucha por los objetivos autónomos y originales de nuestra clase y sólo de ella.

El actual movimiento de los partidos llamados comunistas no encuadra a los trabajadores más que para mandarles detrás de todos los fantoches de la chatarra burguesa, para quemar sus energías al servicio de todos los objetivos no obreros y no clasistas. A la campaña por la democracia y el liberalismo parlamentario y burgués amenazado por los fascismos, por las vergonzosas palabras del resurgimiento nacional, de la nueva revolución democrática, palabras cien veces más insensatas que las que se daban los antibolcheviques en tiempos del zar, sigue ahora una nueva y más innoble fase de pregones de charlatanes: la batalla con la palabra del pacifismo. Este es un nuevo y mayor capítulo del reniego y abjuración del comunismo marxista. La cruzada contra el capitalismo imperialista de América y de Occidente sería una consigna proletaria, pero en tal caso, aparte de que no puede ser dada por quién les ha extendido los puentes de desembarque -encajonado en ellos los estipendios- se presentaría como una consigna no de paz sino de guerra, guerra de clase, en todos los países.

La campaña por la paz y los congresos que invitan a todos los pensadores no comunistas, no sólo son el mayor derrotismo hacia el planteamiento de clase del movimiento obrero, que dignamente corona a todos los demás, no sólo son un servicio de primer orden que se hace al capitalismo en general, sino que conducirán, como la gran cruzada democrática llevada a cabo asquerosamente de 1941 a 1945, a reforzar las grandes estructuras estatales atlánticas, que sucumbirán sólo cuando el sistema burgués sea atacado de frente ridiculizando las embusteras banderas de libertad y Paz para aplastarlo declaradamente con la dictadura y la guerra de clase.

http://www.cuadernosrojos.net/

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