lunes, 13 de diciembre de 2010

¿Reforma o revolución?


Corría el mes de abril de 1899 cuando Rosa Luxemburgo escribió esta obra en un momento duro y complicado para el movimiento socialista y en especial para el Partido Socialdemócrata Alemán, dentro del cual militaba. La política que había asumido gran parte de la militancia y de la dirección del SPD había conseguido instituir en su seno el reformismo mas rancio y trasnochado. Aquella infamia política tenía nombre, era mi más ni menos que Eduard Bernstein, uno de los mayores elementos revisionistas y contrarrevolucionarios que la II Internacional albergaba en sus entrañas.

En el prólogo de Reforma o revolución, la autora deja clara cuál es verdaderamente la auténtica razón que le mueve a escribir el texto en cuatro frases que le permiten deslindar con la idea de la reforma que supedita a los intereses de la burguesía lo que debe ser el fin último para todos aquellos que nos reclamamos comunistas: “Su teoría tiende a aconsejarnos que renunciemos a la transformación social, objetivo final de la socialdemocracia, y hagamos de la reforma social, el medio de la lucha de clases, su fin último. El propio Bernstein lo ha dicho claramente y en su estilo habitual: “El objetivo final, sea cual fuere, es nada; el movimiento es todo”. El análisis es certero y diáfano, la contrarrevolución se asienta en torno a dos cuestiones políticas fundamentales: por un lado el reformismo, “hagamos de la reforma social, el medio de la lucha de clases, su fin último”; y por otro, el espontaneísmo, “el objetivo final, sea cual fuere, es nada; el movimiento lo es todo”. Con estas premisas, hemos conseguido de alguna forma poner en cuestión esa concepción científica y racional de que la Historia es lineal y no cíclica. A pesar de que haya mediado más de un siglo entre lo que la camarada Luxemburgo escribió y lo que algunos de las organizaciones que nos denominamos comunistas decimos en nuestros documentos políticos, éstos reproducen de forma implícita el debate entre Bernstein y la revolucionaria espartaquista. ¿Cómo es posible que hayamos conseguido detener el reloj de la Historia después de haber pasado ante nuestros ojos los hitos y hazañas del proletariado mundial? ¿Hemos conseguido cegar la voluntad revolucionaria asumiendo el discurso del enemigo? ¿O es nuestra miopía revolucionaria la que nos ha conminado a olvidar cuál es nuestra esencia y cuáles son motivos de nuestra existencia? Obviamente, los errores cometidos por parte de nuestros referentes históricos, crítica que debemos hacer extensible a todos aquellos países en los que el socialismo fue algo “real”, y el triunfo final de las tesis revisionistas y liquidadoras tanto en la Unión Soviética como en China, son indicativas de que esta gran empresa que es acabar con el sistema de opresión y acumulación capitalista y la creación de la nueva sociedad no es una tarea fácil y que necesita del máximo trabajo y abnegación para destruir hasta el mas mínimo vestigio de “lo viejo”. El resultado de todo esto es la actual situación de postración y derrota de la que es víctima no sólo el movimiento y por ende el proletariado, sino lo que es más grave, la misma ideología que ha sido relegada, a pesar de ser la concepción más avanzada del mundo que sintetiza y sistematiza los tres pilares fundamentales del pensamiento, y ha pasado a ocupar un lugar marginal, ya no dentro de lo que se ha dado en llamar los “movimientos sociales” que se inscriben dentro del amplio espectro de la autodenominada “izquierda transformadora”, sino también, aunque suene a anatema, dentro del ámbito estrictamente académico y científico.

Ahora bien, ¿cuáles deben ser las tareas en la actualidad de los destacamentos de vanguardia? ¿Debemos perdernos en el laberinto político que supone que las organizaciones comunistas nos dediquemos a organizar las luchas inmediatas de las masas o a volver a armarnos de conciencia revolucionaria para que ese trabajo de masas tenga verdaderamente una proyección política en la elevación de éstas? El repunte actual de las luchas inmediatas en base al nuevo ataque por parte del capital contra la aristocracia obrera, ha puesto a las organizaciones revisionistas en pie de guerra, descubriéndoles un nuevo camino, obviamente y como es propio de ellos, el mas corto, hacia las masas. La actual crisis del capitalismo, que no es más que un nuevo episodio del atasco sistémico del pútrido sistema social que otorga la posición dominante a una minoría frente a la mayoría subalterna, parece haberse revelado como la chispa que puede encender la pradera y que puede conseguir de alguna forma que el oportunismo táctico de algunos se apunte un tanto para sus proyectos. No es mínimamente honesto plantear una salida a la crisis intentando reformar el sistema; mostrarles a las masas el rostro amable del capitalismo es todo aquello que Rosa Luxemburgo rechaza en Reforma o revolución; por lo tanto, los autodenominamos comunistas con sus soluciones a corto plazo que intentan encontrar una salida intermedia que concilie ciertos intereses con los de la clase obrera, sólo se convierten en los “Bernstein’s” de turno, colocándose en el plano mas alejado del fin último de los comunistas: el comunismo.


Desgraciadamente, el tiempo y las derrotas no nos han dado la perspectiva que deberían y, mientras, el movimiento sigue inmerso en las tinieblas y camina a tientas en busca de extraños fuegos de artificio, frentes populares y terceras repúblicas; pero no hay nada que no tenga solución: hay que plantearse de forma seria y honesta cuál debe ser nuestra misión actual en el Estado español para enmendar todos aquellos errores que nos han llevado siempre a sucumbir en una maraña de derrotas políticas sociales y bélicas, pero que analizadas con un verdadero método dialéctico pueden catapultarnos a la victoria. Esto es lo que escribía Rosa Luxemburgo poco antes de ser asesinada vilmente por las fuerzas de la contrarrevolución, en Berlín, tras el intento de asalto al cielo del proletariado alemán en 1919: “¿Qué nos enseña toda la historia de las revoluciones modernas y del socialismo? El primer estallido de la lucha de clases en Europa: el levantamiento de los tejedores de seda de Lyón, terminó en una derrota. El movimiento cartista en Inglaterra terminó en derrota. La insurrección en París en 1848 fue una derrota. La Comuna de París resultó otra terrible derrota. El camino hacia el socialismo está sembrado de derrotas. Y sin embargo paso a paso ese camino conduce a la victoria final. ¿Dónde estaríamos nosotros hoy sin esas derrotas?


Juventud Comunista Zamora

Agosto 2009

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