viernes, 22 de abril de 2011

El Estado es el Enemigo



Tomado de nuestros hermanos de REVOLUCIÓN OBRERA
http://www.revolucionobrera.com/


Los obreros y campesinos damnificados por el inverno continúan vestidos en harapos, en cambuches insalubres de plástico, azotados por enfermedades que afectan a los más vulnerables (mujeres y niños), y alimentándose de vez en cuando con comida en malas condiciones… “7 toneladas de ayudas enviadas por una fundación de Miami, Estados Unidos, están represadas desde hace 46 días en una bodega” (El Heraldo, 5 de marzo 2011).

Claro que la burguesía tiene su corazoncillo y se preocupa por las condiciones a las que sus asalariados quedaron expuestos, buenas intenciones que se diluyen en la realidad del Estado que les protege. Hermanos de clase, no es la primera ni la última vez que quedará en evidencia que la burguesía es un estorbo para el proletariado y el progreso de la sociedad colombiana. El pueblo no sólo sufre año tras año con los estragos que los capitalistas producen a la naturaleza; no sólo eso, las ayudas humanitarias que sacamos de la mesa, que nos quitamos de la boca terminan pudriéndose en bodegas, alimentando cerdos o revendiéndose para lucro de los explotadores.

En medio del invierno, el hambre y la escasez que padecen más de 2 millones de damnificados, la burguesía se regodea en un dantesco festín de lujos. Los zánganos no son capaces ni de repartir la comida que nosotros mismos producimos y donamos, pero tienen miles de funcionarios engordando con salarios hasta 40 veces superiores al de los obreros, viven en mansiones, comen banquetes, invierten 120 millones de dólares en la lujosa Torre Bacatá BD y se jubilan en el Club Platino en Bogotá, el primer resort urbano senior que costará $50.000 millones.

El pueblo no sólo debe luchar como lo ha venido haciendo. Debe entender el asunto que se esconde en la negligencia y la parsimonia que avergüenza hasta a la prensa oficial. Pensémoslo solo un instante. La burguesía, los terratenientes, los imperialistas y su Estado, con toda su recua de funcionarios burócratas y corruptos no hacen nada hasta que el escándalo amenaza con desatar la furia de las masas humilladas de los campos de concentración; eso demuestra que no les importa el pueblo, sólo salvan responsabilidad cuando sus intereses están en peligro echándose el agua sucia mutuamente. Pero, además, profesan un profundo odio de clase, detestan tanto al pueblo que prefieren que la comida se pudra en las bodegas que entregarla a las familias.

Por eso, los obreros y campesinos han aprendido que no hay que esperar nada bueno del Estado y sus fuerzas militares, que son un estorbo para la sociedad, un costosísimo y obsoleto vejestorio que no produce sino penurias a los trabajadores. Será el pueblo en armas quien barra su pútrido cadáver allanando el camino para el brillante futuro socialista.

¡El odio es mutuo, maldito burgués!

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