Sade
La desaparición de la
URSS
tuvo, como todo lo realmente
importante, una doble faz:
de un
lado,
sirvió para desatar las últimas correas de la camisa de fuerza que para el
imperialismo había significado el marxismo-leninismo en
tanto que
programa para la
acción del
movimiento obrero internacional. Por dos veces
derrotado
en el campo de batalla por el pueblo soviético
–intervención extranjera
durante la Guerra Civil (1917-1922) y agresión nazifascista
(1941-1945)-, el
imperialismo, de manera
gradual,
fue
recobrando tras la II Guerra Mundial su descarnado y
auténtico rostro belicista y explotador a escala mundial,
tendencia que se aceleró a partir del triunfo de
la línea revisionista en la URSS (1956): ese proceso de, digamos,
reencuentro del imperialismo con su esencia más íntima, que tiene como punto de
inflexión histórico el hundimiento del
socialimperialismo soviético, culmina en nuestros días bajo la
forma de crisis generalizada del
sistema imperialista y multiplicación de sus guerras de agresión, preludio de una gran
guerra de redivisión.
En otras palabras, la
desaparición de la Unión Soviética ha supuesto un gigantesco paso
adelante en el desarrollo de las condiciones objetivas de las que surgirá
–está
surgiendo ya, de hecho- una nueva
oleada revolucionaria, análoga
a la que desencadenó la crisis bélica interimperialista de 1914-1919 –de la que
nació la URSS- o a la inmediatamente posterior a la derrota del imperialismo
nazifascista en la II Guerra Mundial –de la que brotó la República Popular
China-.
La otra cara de la
desaparición de la URSS se refiere al efecto de la misma sobre el movimiento
obrero internacional y sobre la relación de éste con
su programa político, el marxismo-leninismo. A pesar de que el triunfo de la
línea revisionista en la Unión Soviética recibió de inmediato la clarividente y
acerada crítica de Mao Tse Tung y de otras fuerzas del Movimiento Comunista
Internacional, lo cierto es
que,
primero, su
carácter minoritario dentro éste y más tarde el
triunfo, en 1978, del revisionista Deng Xiao Ping en la propia China impidieron que el
marxismo-leninismo-maoísmo se convirtiera en la línea política dominante del movimiento obrero
internacional. El socialimperialismo soviético siguió conservando, como
referencia ideológica, un enorme ascendiente sobre amplias masas obreras a
lo largo y
ancho del mundo. A su vez, esa tendencia se vio reforzada con la aparición de un
nuevo revisionismo a la
derecha del
socialimperialismo soviético –el eurocomunismo- que dotaba, por
contraste, de una apariencia
izquierdista a los revisionistas del
PCUS.
En ese contexto, el
hundimiento de la URSS no ha hecho sino agravar
la profunda crisis ideológica que afecta al movimiento obrero
internacional desde hace
décadas,
crisis que
podría caracterizarse como de desencuentro, en su sentido más
literal,
entre la clase obrera y su propio programa político, aquel
que puede transformar la ascendente marea revolucionaria
en
socialismo;
de hecho, el único que puede conseguirlo: el marxismo-leninismo.
La última gran agresión
imperialista, la sufrida por Libia, ha puesto de relieve la
incapacidad
de
esa
izquierda huérfana tras el
naufragio del socialimperialismo
soviético para interpretar
correctamente
el sentido
histórico tanto de la crisis generalizada del sistema imperialista como
de la
oleada revolucionaria en ascenso: mientras unos, los llamados
ninistas
–trotskistas-, equiparaban
la agresión
imperialista de la OTAN a la represión interna
del régimen
de Gaddafi –tolerando dicha
agresión, y las que hayan de venir, cuando no apoyándolas abierta y
cómplicemente-, otros, los
conspiratistas, no han sido capaces de ver
más que a la CIA detrás de los levantamientos populares contra
régimenes
corruptos y
proimperialistas –erigiéndose así en defensores
a toro
pasado de
tiranuelos y ladrones-.
Salvo honrosas excepciones
como el Partido Comunista de la
India (Maoísta) y otras
fuerzas de su mismo ámbito ideológico o próximas a
él,
a la
pregunta “¿qué hacer?”, los ninistas –trotskistas-
responden con las archiconocidas
viejas
fórmulas revisionistas que hablan de completar el marxismo, de
enriquecerlo, de renovarlo y dotarlo con recentísimas
aportaciones que supuestamente habrán de hacerle cobrar nuevos e
imparables
bríos. En realidad, como la historia se ha encargado de demostrar una y otra
vez, todos esos cantos de
sirena no
tienen otro
objeto que
inutilizar, al servicio de los
intereses de la burguesía y en especial de una cierta pequeña
burguesía
ilustrada,
la palanca de la revolución: escondida tras una fraseología que resalta
lo
nuevo, la
izquierda legal pequeño burguesa difunde un programa nacido al
tiempo que el propio marxismo –como si de Ificles y Heracles se
tratara-, cuya íntima esencia es mantener
intacto lo viejo, es decir, no superar los límites
del sistema capitalista de explotación. El auténtico alcance del
programa
ninista –trotskista- se observa en la Libia masacrada
por la
OTAN, en la
apuesta monárquico-constitucional de la dirigencia de la Izquierda Abertzale, la
veremos también en la Grecia de Syriza, si consigue
llegar al gobierno.
Por su parte, los
conspiratistas, en sus análisis
con mayores
pretensiones de objetividad de la realidad
presente, exponen una concepción que yerra en un doble sentido: de un lado, siguen aferrados a la
vieja falacia del izquierdismo del socialimperialismo
soviético incurriendo en no pocos
casos en ese colmo de la inconsecuencia antimarxista que consiste en defender,
al mismo tiempo, al camarada Stalin y a la camarilla de revisionistas que tomó
el poder en la URSS después de 1956. Y de otro, proyectan en su análisis del
imperialismo actual un esquema ideológico que sencillamente no existe ya: el
del enfrentamiento bipolar entre el imperialismo norteamericano y el
socialimperialismo soviético. Y lo que es más grave,
además toman partido. De este
modo no sólo ven izquierdismo y antiimperialismo en lugares donde no lo hay
como China
o Rusia sino que al ponerse de un lado –un lado u otro es lo
mismo- incurren en el
gravísimo
error
antileninista de la mayoría de las socialdemocracias
europeas tras el estallido de la I
Guerra Mundial: se convierten en
izquierdistas imperialistas.
***
Necesitamos Partido
Comunista.
Y lo necesitamos con urgencia.
Necesitamos altura de
miras políticas para saber unir lo que puede unirse.
Necesitamos que ese
Partido eleve la conciencia política de las masas,
único modo en que podremos asir con firmeza el
momento revolucionario cuyo olor, como el de la tormenta, se presiente antes de
su estallido.
El gran Engels nos
advierte en
el Anti-Dühring –y la historia del
movimiento obrero nos lo confirma- de cuál será la consecuencia de no estar
a la altura de estos retos:
“Y si el llamamiento a
suprimir las contraposiciones y diferencias de clases, que hasta 1830 dejó frías
a las clases trabajadoras y en sufrimiento, encuentra hoy eco entre millones,
repercute en un país tras otro (…), si ese grito ha conquistado una fuerza que
puede hacer frente a todos los poderes unidos contra él y puede estar seguro de
su triunfo en un próximo futuro, ¿a qué puede deberse todo ello? A que, por una
parte, la gran industria moderna ha creado un proletariado, una clase que puede
formular por primera vez en la historia la exigencia de suprimir no tal o cual
organización de clase o tal o cual privilegio de clase, sino las clases como
tales, y que se encuentra en tal situación que tiene que imponer esa exigencia
so pena de hundirse en la condición del coolí chino.”
[Artículo de opinión remitido por SADE]

"no han sido capaces de ver más que a la CIA detrás de los levantamientos populares contra régimenes corruptos y proimperialistas"
ResponderEliminarEs que ahi algo mas que la sucia mano de la CIA y de la burgesia imperialista occidental detras de las fascistas ratas "rebeldes"? Levantamiento popular? Levantantamiento militar de la burguesia Libia favorable a las relaciones economicas con el imperilaismo yanki, sera.
En su testamento, Gadafi señala a las capas de la burguesia que dentro de su capitalismo nacional anti-imperialista y pan-africanista, solo buscaban mayores ganacias economicas y se oponian a la Jamahiriya.
Es cierto que ya no existe ninguna potencia favorable a los pueblos, pero no significa tener que aceptar la demonizacion y el exterminio de aquellos a los que el terrorismo imperialista pone en su punto de mira.
http://libia-sos.blogspot.com.es/
Camarada,
ResponderEliminar1.- Vaya por delante, en primer lugar, que el párrafo que extraes de mi artículo no sólo se refiere al caso de Libia, ni siquiera sólo al mundo árabe.
2.- El análisis conspiratista abandona el análisis de clase y al escudarse detrás de las siglas "CIA" encuentra una especie de "deus ex machina" a que recurrir para resolver cualquier dificultad analítica. A esa fuerza "omnipotente" que es la "CIA" el conspiratismo le opone artificialmente "antiimperialistas" que distan enormemente de serlo en la realidad: el papel desempeñado por Gaddafi desde el final de la Guerra Fría fue de pura adaptación a la nueva correlación de fuerzas que tenía en EE.UU. a la principal potencia imperialista.
3.- La sublevación contra Gaddafi, como dejó claro la intervención de la OTAN, estaba integrada mayoritariamente por elementos proimperialistas que cabe calificar de buergueses; la prensa burguesa, no obstante, informó antes de esa intervención de la existencia de elementos que oponiéndose a Gaddafi rechazaban la agresión de la OTAN.
3.- Gaddafi no es más antiimperialista -en verdad no lo era en absoluto- por el hecho de ser agredido por la OTAN: la historia está llena de ejemplos de países imperialistas que agreden a regímenes burgueses, como parte de procesos de redivisión interimperialista: estudiemos la política exterior nazi, de Mussolini o de los EE.UU.: hay docenas y docenas de ejemplos en el mismo sentido. ¿Era la España de la Restauración, por ejemplo, un régimen antiimperialista cuando en 1898 entra en guerra con EE.UU. por Cuba?
4.- Estoy totalmente de acuerdo con tu último párrafo: el deber revolucionario y leninista era defender la soberanía libia ante la agresión imperialista y eso implicaba defender en este punto a Gaddafi.
5.- Planteémonos la pregunta de por qué cayó Gaddafi: primero, porque su régimen estaba completamente corrompido y la clase obrera -que en su mayoría ni siquiera era libia, eran extranjeros en régimen de semiesclavitud- no movió un dedo por salvarlo. Compara la actitud del pueblo soviético ante la agresión nazifascista y la del pueblo libio ante la agresión de la OTAN. Segundo, no hubo la más mínima solidaridad internacional efectiva ante un régimen que distaba mucho de poder mover los corazones y la cabeza del proletariado mundial. Compara la actitud del mundo ante el levantamiento fascista en 1936 en España y la actitud del mundo ante la agresión a Libia.
Un saludo rojo.