sábado, 19 de marzo de 2016

El terror del capitalismo



Vijay Prashad para Countepunch desde Delhi
 
 
El miércoles 24 de abril de 2013, un día después de que las autoridades de Bangladesh pidieran  a los propietarios que evacuaran una factoría textil que empleaba a casi 3000 trabajadores, ésta se derrumbó. El edificio, Rana Plaza, situado en el suburbio de Dhaka de Savar, producía prendas para una cadena que se extiende desde los campos de algodón en el sur de Asia a través de las máquinas y los trabajadores de Bangladesh a las tiendas en el mundo occidental. Marcas famosas eran cosidas aquí; ropa que cuelga de los satánicas estanterías de Wal-Mart. Los equipos de rescate pudieron salvar a doscientas personas mientras escribo esto, con la confirmación de que alrededor de 300 están muertos. Las cifras están destinadas a subir. Es valioso mencionar que la suma total de muertos en el fuego del Triangle Shirtwaist Factory en la ciudad de New York en 1911 fue de 146. La cifra de fallecidos aquí es ya el doble. Este "accidente" llega cinco meses (24 noviembre de 2012) después de que el fuego en  la factoría de ropa Tazreen matara al menos a 112 trabajadores.
 
La lista de "accidentes" es larga y dolorosa. En abril de 2005, una factoría textil en Savar se derrumbó, matando a 75 trabajadores. En febrero de 2006, otra se desplomó en Dhaka, matando a 18. En junio de 2010, un edificio se cayó en Dhaka, matando a 25. Estas son las "factorías" de la globalización del siglo XXI – cobertizos mal construidos para un proceso de producción dirigido hacia largos días de trabajo, máquinas de tercera categoría, y trabajadores cuyas propias vidas están sometidas a los imperativos de  la producción justo a tiempo. Escribiendo sobre el régimen de factorías en Inglaterra durante el siglo XIX, Karl Marx, señalaba, "Pero en su  ciega e irrefrenable pasión, su hambre de lobo por el trabajo con superávit, el capital sobrepasa no solo la moral, sino incluso los mismos límites máximos del cuerpo en un día de trabajo. Usurpa el tiempo para el crecimiento, desarrollo y mantenimiento saludable del cuerpo. Roba el tiempo requerido para el consumo de aire fresco y luz... Todo lo que le importa es simple y solamente el máximo de la fuerza del trabajo que puede ser realizada con fluidez en un día de trabajo. Llega a este final reduciendo la extensión de la vida del trabajador, como un granjero codicioso  reduce la producción de la tierra al reducir su fertilidad", (El Capital, capítulo 10).
 
Estas factorías de Bangladesh son una parte del paisaje de la globalización que es imitado en otros almacenes a los largo de la frontera entre EEUU y México, en Haití, en Sri Lanka y en otros lugares que abrieron sus puertas al uso astuto de la industria textil de nueva manufacturación y al comercio de la década de los 90. Países dominados que no tenían ni voluntad patriótica para luchar por sus ciudadanos, ni ninguna preocupación por la debilitación a largo plazo de su orden social, se apresuraron en dar la bienvenida a la producción textil. Los grandes productores de prendas de vestir ya no querían invertir en factorías – recurrieron a subcontratas, ofreciéndoles unos pequeños márgenes de beneficios y por lo tanto, forzándoles a llevar sus factorías como casas-prisión de trabajo. El régimen de subcontrata permitió a esta firmas negar cualquier culpabilidad por lo que se estaba haciendo por los propietarios reales de estas pequeñas factorías, permitiéndoles disfrutar de beneficios de la producción barata sin tener su conciencia ensuciada por el sudor y la sangre de los trabajadores. También les permitió a los clientes en occidente comprar una gran cantidad de productos, a menudo con consumo financiado por deuda, sin preocuparse de los modos de producción.  Un arrebato ocasional de sentimientos generosos se volvió contra esta o aquella compañía, pero no una apreciación global de la forma en la que el tipo de producto de la cadena Wal-Mart hizo normal las clases de prácticas empresariales que ocasionó esta o aquella campaña.
 
Los trabajadores de Bangladesh no han sido tan protegidos legalmente como los consumidores en occidente. Recientemente en junio de 2012, miles de trabajadores en la zona industrial de Ashulia, en las afueras de Dhaka, protestaron por salarios más altos y mejores condiciones de trabajo, bloqueando la autopista de Dhaka-Tangali en Narasinghapur. Los trabajadores ganan entre 3000 taka (35$) y 5.500 taka (70$) al mes; querían una subida de entre 1500 taka (19$) y 2000 taka (255) al mes. El gobierno mandó a 300 policías para asegurar la zona, y el Primer Ministerio  ofreció ruegos anodinos y que investigaría el asunto. Un comité de tres miembros fue organizado, pero no salió nada substancial.
 
Conscientes de la inutilidad de las negociaciones con un gobierno subordinado a la lógica de la cadena de productos, en Dhaka explotó la violencia cuando aparecieron más noticias sobre el edificio Rana. Los trabajadores han cerrado el área de la factoría alrededor de Dhaka, bloqueando carreteras y destrozando coches. La insensibilidad de la Bangladesh Garment Manufacturers Association (BGMEA) echo gasolina al fuego de los trabajadores. Después de las protestas  en junio, el director de BGMEA Shafiul Islam Mohiuddin acusó a los trabajadores de estar involucrados en "alguna conspiración". Argumentó que "no hay lógica para el incremento en el salario de los trabajadores". Esta vez, el nuevo presidente de BGMEA sugirió que el problema era no la muerte de los trabajadores o las pobres condiciones en las que los obreros trabajan sino "el trastorno en producción debido a los disturbios y hartlas (huelgas)". Estas huelgas, dijo, son "sólo otro duro golpe al sector textil."  No es extraño que las personas que salieron a las calles tengan tan poca fe en los subcontratistas y el gobierno.
 
Los intentos de cambiar la orientación de la explotación han sido frustrados por la presión concertada del gobierno  y las ventajas del asesinato. Lo que se esconde de decente en la Ley del Trabajo de Bangladesh es eclipsado por la débil aplicación por parte del Departamento de Inspecciones del Ministerio de Trabajo. Hay sólo 18 inspectores y asistentes para monitorizar 100.000 factorías en el área de Dhaka, donde la mayoría de la industria textil está localizada. Si una infracción es detectada, las multas son demasiado bajas como para generar cualquier reforma. Cuando los trabajadores intentan forman sindicatos, la violenta respuesta de la dirección es suficiente para cercenar sus esfuerzos. La administración prefiere los brotes anárquicos de violencia que la consolidación progresiva del poder del trabajador. De hecho, la violencia llevó al gobierno de Bangladesh a crear una Célula de Coordinación de Crisis y una Policía Industrial no para vigilar las violaciones de las leyes laborales, sino para espiar a los organizadores de los trabajadores. En abril de 2012, los agentes del capital secuestraron a Aminul Isla, uno de los organizadores clave del Centro Bangladeshi para la Solidaridad Laboral. Fue encontrado muerto unos días más tarde, su cuerpo estaba lleno de marcas de tortura.
 
Bangladesh ha estado convulso estos meses pasados con protestas sobre su historia – la terrible violencia castigó a  los luchadores por la libertad en 1971 por el Jamat-e-Islam que reunió a miles de personas a Shanbagh en Dhaka; esta protesta se transformó en una guerra civil política entre los dos principales partidos, dejando de lado las peticiones de justicia para las víctimas de esa violencia. Esta protesta ha inflamado el país, que ha sido por lo demás bastantes tranquilas en relación al terror diario contra sus trabajadores del sector textil. El "accidente" del edificio Rana podría producir un progresivo giro del movimiento de protesta, de otro modo a la deriva.
 
En occidente, mientras tanto, el ensimismamiento sobre las guerras contra el terrorismo y sobre la recesión en la economía previene de cualquier genuina introspección sobre el modo de vida que se apoya en un consumismo a base de crédito a costa de los trabajadores de Dhaka. Los que murieron en el edificio Rana son víctimas no sólo de la malversación de los subcontratistas, sino también de la globalización del siglo XXI.
 
 
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