jueves, 12 de mayo de 2016

¿Por qué otra vez la lucha por la Amnistía?-por la organización Red Roja


¿Por qué las palabras más emblemáticas de la lucha contra la Dictadura ¡AMNISTÍA, LIBERTAD! vuelven a resonar en las calles?
 
Porque cada vez hay más personas presas represaliadas por luchas obreras o sociales, pero ¿por qué no se pide simplemente su liberación desde un punto de vista particular? Porque no se trata sólo de la represión de casos aislados y excepcionales. Hay mucho más.
 
La corrupción generalizada sale a la luz pública, mientras la explotación y el saqueo arrecian.
 
Cada vez más gente ve lo que antes se nos ocultaba tras una engañosa “paz social”. La profundización de la crisis económica contribuye sobremanera a arrancar uno a uno los ropajes institucionales con los que durante décadas se ocultaron las vergüenzas de un régimen que, instaurado mediante una llamada “Transición democrática”, conservaba el código genético de la Dictadura.
 
La agudización de la crisis con el estallido de las burbujas inmobiliaria y financiera ha intensificado los enfrentamientos internos entre las diferentes fracciones del poder que utilizan como arma arrojadiza las respectivas denuncias de corrupción.
 
El hedor ha sido tan intenso que ha sobrepasado la losa de silencio con la que los medios de comunicación han protegido los “pilares de la democracia”. En un tiempo récord y mediante un goteo sin fin  se va desvelando la podredumbre que impregna la Monarquía, la Iglesia Católica, a amplias capas de la judicatura y el ejército, pasando por la gigantesca corrupción político-empresarial, que también se extiende a las estructuras  de los dos sindicatos mayoritarios.
 
Y mientras toda esa carroña sale a la luz vemos cómo los crímenes de los poderosos contra el pueblo, quedan prácticamente impunes, mientras quienes luchan por los derechos de la clase obrera y de los pueblos son duramente reprimidos.
 
La búsqueda desesperada de beneficios y de nuevos “nichos de negocio”, así como la necesidad imperiosa de apuntalar los grandes bancos, están imponiendo  niveles de explotación de casi esclavitud, elevadísimas tasas de paro, los escándalos cotidianos de los desahucios, la destrucción de los servicios públicos y las privatizaciones. Es una ofensiva de clase sin precedentes.
 
Un poco de memoria.
 
Cuando los pueblos retoman los gritos de ¡Amnistía, Libertad!,  recordar es una necesidad imperiosa.

Hace casi cuatro décadas, el Parlamento en pleno (la izquierda abertzale y otros muchos partidos políticos a la izquierda del PCE estaban ilegalizados) aprobaba la Ley de Amnistía de 1977. Esta auténtica Ley de Punto Final sirvió para impedir  juzgar a los altos cargos de los diferentes gobiernos, del ejército, de la policía y de la judicatura y a los miembros de organizaciones fascistas, responsables de centenares miles de asesinatos y torturas desde el final de la guerra civil. Más aún, esta misma se blanqueaba.
 
La Ley de Amnistía de 1977 constituye la expresión más clara de que no hubo ruptura alguna con el régimen franquista. Pronto volvieron a llenarse las cárceles de militantes de la izquierda que no aceptaron la legitimidad democrática de la “Transición” como es el caso de los militantes en torno al PCE(r) que aún continúan en prisión. Toda esa militancia como en mucho mayor número la del movimiento abertzale eran represaliadas bajo una Audiencia Nacional que no era sino el Tribunal de Orden Público apenas remozado. Mientras tanto, las organizaciones fascistas en connivencia con los aparatos del Estado nacionales e internacionales (a semejanza de la red Gladio italiana), imponían la aceptación de la “democracia” mediante el terror y el asesinato de varios centenares de jóvenes antifascistas.
 
Los crímenes de lesa humanidad son considerados imprescriptibles por Naciones Unidas pero la Ley de Amnistía sirvió para garantizar la impunidad del régimen fascista y blindar a los asesinos responsables, tal y como denuncian las asociaciones que luchan por la recuperación de la memoria histórica.
 
Precisamente ese fue uno de los objetivos centrales de la traición de la Transición: acabar con la memoria histórica. Con la connivencia necesaria de las principales organizaciones políticas y sindicales de la izquierda se pretendió cortar el hilo histórico de la continuidad de las luchas.

Toda una estrategia mediático-cultural, acompañada de duras peleas en las calles, impuso – con la colaboración cómplice de líderes políticos, sindicales e intelectuales “progres” – un “relato” del que desaparecía la durísima resistencia obrera y popular contra la dictadura de los diferentes pueblos del Estado español.
 
Precisamente, uno de los objetivos de esta gigantesca maniobra de confusión fue aislar la lucha del pueblo vasco – que mayoritariamente rechazó la Constitución de 1978 – de la del resto de la clase obrera y del movimiento popular. La creación de la Audiencia Nacional, efectivamente, el mismo día en el que se suprimía el Tribunal de Orden Público, y el progresivo establecimiento de las diferentes normativas “antiterroristas”, que intensifican las penas en función de la intencionalidad política, han construido  una jurisdicción y un auténtico Código Penal del enemigo. Antes, sobre todo contra el pueblo vasco, ahora contra todas las personas que luchan, incluso en el ámbito de reivindicaciones socio-sindicales. Y es que, con la Transición, no solo se daba continuidad, en gran medida, al franquismo, sino que se modernizaba y profundizaba en muchos aspectos las legislaciones de excepción entrando de lleno en lo que, desde Red Roja, venimos caracterizando como verdaderos regímenes de contrarrevolución preventiva.
 
El Régimen del 78 que se tambalea y el sistema que se debilita tiene única respuesta: la represión.
 
Frente a una clase obrera y un pueblo que empieza a organizarse para resistir, el poder no tiene otro argumento que el reforzamiento de la represión. Las leyes de extranjería, la ley de seguridad privada, las sucesivas  legislaciones antiterroristas, y ahora la “Ley Mordaza” han dejado bien claro dónde quedan el respeto a las libertades y a la democracia que supuestamente su Constitución asegura. Un sin fin de multas, de apaleamientos en manifestaciones, de procesamientos de periodistas de medios de comunicación alternativos, se unen a los sindicalistas presos como José Bódalo y otrxs luchadorxs anarcosindicalistas, a los jóvenes luchadores como Alfon y a los centenares de presxs políticxs que llenan las cárceles del Estado español.
 
Quienes luchamos, ya sea resistiendo a un desahucio, formando piquetes en una huelga, reclamando amnistía para los presos y presas, por el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, o haciendo títeres en la calle, sufrimos la represión golpeados por  las mismas leyes que se concibieron para aplastar la lucha del pueblo vasco. La clase obrera migrante o las personas refugiadas que huyen de sus saqueos y de sus guerras, las “ilegales” que abarrotan los CIES o son perseguidas como animales por las calles de las ciudades, sufren con la máxima dureza la represión.
 
Pero lejos de aplastarnos, la explotación y la exacerbación de la represión están haciendo que germine la conciencia de la unidad de clase que tanto se esfuerzan en impedir, que se extienda el convencimiento de que  “nativa o extranjera somos la misma clase obrera” y que se reconstruya la solidaridad internacionalista entre los pueblos del Estado español que se han empeñado en bloquear.
 
Por quienes cayeron y por quienes nos sucederán, reconstruiremos el hilo rojo de la continuidad histórica de la lucha por la emancipación de clase y por los derechos nacionales de los pueblos.
 
¡AMNISTÍA, LIBERTAD!
 
Mayo de 2016
 
 
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