sábado, 24 de septiembre de 2016

De cómo las narrativas mataron al pueblo sirio


Por Sharmine Narwani

El 23 de marzo de 2011, en el propio principio de lo que ahora llamamos “el conflicto sirio”, dos jóvenes –Saer Yahya Merhej y Habil Anis Dayub– fueron asesinados a tiros en la ciudad sureña de Derá. Merhej y Dayub ni eran civiles, ni le hacían oposición al presidente Bashar Al Assad. Eran dos soldados regulares dentro de las filas del Ejército Árabe Sirio (EAS).
 
Asesinados por pistoleros, Merhej y Dayub fueron los primeros de los 88 soldados que mataron en Siria en el primer mes de conflicto; en Derá, Latakia, Duma, Banyas, Homs, Moadamiya, Idlib, Hatasta, Suweida, Talkalakh y los suburbios de Damasco.
 
De acuerdo a la Comisión Independiente e Internacional de Investigación sobre Siria de la ONU, para marzo de 2012 el número de muertos combinados para el gobierno sirio fue de 2 mil 569, en el primer año del conflicto. Para ese momento, la cuenta total de bajas de la ONU de todas las víctimas de la violencia política en Siria fue de 5 mil.
 
Estos números ilustran un cuadro completamente distinto sobre los acontecimientos en Siria. Este sin duda no es el conflicto sobre el que leíamos en nuestros titulares; si acaso, la “paridad” de muertes en ambos lados incluso sugiere que el gobierno empleaba una fuerza “proporcional” al enfrentar la violencia.
 
Pero las muertes de Merhej y Dayub fueron ignoradas. Ni un solo titular de los medios occidentales contó su historia; o aquella de otros soldados muertos. Estas muertes simplemente no cuadraban con la “narrativa” occidental de los alzamientos árabes y tampoco cumplía con los objetivos políticos de los gobiernos de Occidente.
 
Para los políticos norteamericanos, la “Primavera Árabe” proveía la oportunidad única de desbancar a los gobiernos de los Estados adversarios en el Medio Oriente. Siria, el miembro árabe más importante del “Eje de la Resistencia” conducido por Irán, era el objetivo número uno.
 
Para crear el cambio de régimen en Siria, era necesario emplear la temática de la “Primavera Árabe” de forma oportunista; y así, los sirios tenían que morir.
 
El “dictador” sencillamente tenía que “asesinar a su pueblo”, y el resto vendría después.
 
Cómo matan las palabras
 
Cuatro narrativas claves se promovieron ad nauseam en cada medio de comunicación del mainstream occidental, comenzando en marzo de 2011 y ganando fuelle los meses a continuación:
 
.El Dictador está matando a “su propio pueblo”.
 
.Las protestas son “pacíficas”.
 
.La oposición está “desarmada”.
 
.Esto es una “revolución popular”.
 
Los gobiernos pro-occidentales de Túnez y Egipto acababan de ser defenestrados en una rápida sucesión dos meses atrás: y entonces el “marco” del cambio de régimen, empoderado desde abajo, existía en la psique regional. Estas cuatro “narrativas” cuidadosamente enmarcadas que habían ganado sentido en Túnez y Egipto, ahora eran preparadas y cargadas para deslegitimar y socavar cualquier gobierno al que se les lanzara.
 
Pero para emplearlas con todo su potencial en Siria, los sirios tenían que ir a la calle en números significativos, y los civiles tenían que morir en manos de las brutales fuerzas de seguridad. El resto podía narrarse como una “revolución” vía el vasto despliegue de medios extranjeros y regionales comprometidos con este discurso de la “Primavera Árabe”.
 
Las protestas, sin embargo, no arrancaron en Siria de la misma forma en que lo hicieron en Túnez o Egipto. En esos pocos primeros meses, vimos reuniones que mayormente alcanzaban las centenas –a veces miles– para expresar varios grados de descontento político. A la mayoría de estos encuentros les seguía un patrón de incitación de las mezquitas bajo influencia wahabita en las oraciones de los viernes, o luego de los asesinatos locales que movilizarían multitudes enfurecidas a congregarse alrededor de los funerales públicos.
 
Un miembro de una prominente familia de Derá me explicó que había cierta confusión sobre quién asesinaba a la gente en su ciudad: si el gobierno o “partidos ocultos”. Explicó que, para el momento, los ciudadanos de Derá eran de dos opiniones: “Una era que el gobierno le está disparando a más gente para detenerlos y obligarlos a terminar las protestas y cesar las reuniones. La otra era que milicias ocultas querían que esto continuara, porque si no, no habían funerales; no habían razones para la gente para reunirse”:
 
Con el beneficio de la retrospectiva, revisemos estas narrativas sobre Siria a cinco años de conflicto:

Sabemos ahora que miles de efectivos de la fuerza de seguridad siria fueron asesinados ese primer año, comenzando el 23 de marzo de 2011. Por lo tanto también sabemos que la oposición estaba “armada” desde el principio del conflicto. Tenemos evidencia visual de grupos armados entrando a Siria vía la frontera libanesa en abril y mayo de 2011. Sabemos de los testimonios de observadores imparciales que los pistoleros le apuntaban a los civiles en actos de terrorismo y que las “protestas” no eran para nada “pacíficas”.
 
La misión de Liga Árabe condujo una investigación de un mes de duración a finales de 2011 y reportó:
 
“En Homs, Idlib y Hama, la misión observadora atestiguó que se cometían actos de violencia contra las fuerzas gubernamentales y los civiles, que resultaban en múltiples muertes y heridos. Ejemplos de esos actos incluyen la voladura de un autobús civil, asesinando a ocho personas e hiriendo a otras, incluyendo mujeres y niños, y el bombardeo de un tren que cargaba diesel. En otro incidente en Homs, explotaron el autobús de la policía, matando a dos oficiales. Un oleoducto y algunos puentes pequeños también fueron volados”.
 
Residente sirio de larga data, el cura holandés Padre Frans van der Lugt, que fue asesinado en abril de 2014 en Homs, escribió en enero de 2012:
 
“Desde el principio los movimientos de protesta no eran puramente pacíficos. Desde el principio vi participantes armados marchando en las protestas que dispararon primero contra la policía. Con mucha frecuencia la violencia de las fuerzas de seguridad era una reacción a la brutal violencia de los rebeldes armados”.
 
Unos meses antes, en septiembre de 2011, había observado:
 
“Desde el inicio ha existido el problema de los grupos armados, que también son parte de la oposición… La oposición en la calle es mucho más fuerte que cualquier otra oposición. Y esta oposición está armada y frecuentemente emplea violencia y brutalidad, sólo para luego culpar al gobierno de ella”.
 
Aún más, también sabemos ahora que fuera lo que fuera en Siria, no se trató de ninguna “revolución popular”. El ejército sirio permanece intacto, incluso luego de una cobertura abarcante de defecciones masivas. Cientos de miles de sirios continuaron marchando en manifestaciones no cubiertas en apoyo al presidente. Las instituciones del gobierno y la elite del mundo de los negocios han permanecido leales a Assad. Los grupos minoritarios –alawitas, cristianos, kurdos, druzos, chiítas y el partido Baath, que es mayoritarimente suní– no se unieron a la oposición contra el gobierno. Y las mayores áreas urbanas y los centros poblacionales permanecen bajo el paraguas del Estado, con pocas excepciones.
 
Una “revolución” genuina, después de todo, no tiene salas operacionales en Jordania y Turquía. Ni es “popular” una revolución financiada, armada y asistida por Qatar, Arabia Saudita, Estados Unidos, el Reino Unido y Francia.
 
Tejiendo “narrativas” para ganancia geopolítica
 
El manual de Guerra No Convencional de las Fuerzas Especiales del ejército estadounidense de 2010 manifiesta:
 
“El propósito de los esfuerzos de la Guerra No Convencional (GNC) de Estados Unidos es explotar las vulnerabilidades políticas, militares, económicas y psicológicas desarrollando y sosteniendo fuerzas de resistencia para cumplir con los objetivos estratégicos de EEUU… Por el futuro previsible, las fuerzas estadounidenses se involucrarán en operaciones de guerra irregular”.
 
Un cable secreto del Departamento de Estado de 2006 revela que el gobierno de Assad estaba en una posición más fuerte doméstica y regionalmente que en años anteriores, y sugería formas de debilitarlo: “Lo siguiente provee nuestro resumen de vulnerabilidades potenciales y las vías posibles para explotarlas…”. Esto era seguido de una lista de “vulnerabilidades” –políticas, económicas, étnicas, sectarias, militares, psicológicas– y recomendaba “acciones” sobre cómo “explotarlas”.
 
Esto es importante. La doctrina de Guerra No Convencional norteamericana sugiere que usualmente los Estados adversarios poseen minorías activas que se oponen y apoyan al gobierno respectivamente, pero para que tenga éxito un “movimiento de resistencia” debe persuadir la percepción de una gran parte de la “población en el medio, no comprometida” para voltearse contra sus líderes. Dice este manual (y tomo aquí de forma libérrima de un artículo anterior):
 
Para llevar a la “población intermedia no comprometida” a apoyar una insurgencia, la GNC recomienda la “creación de una atmósfera de mayor descontento a través de propaganda y esfuerzos políticos y psicológicos para desacreditar al gobierno”.
 
A medida en que escala el conflicto, también lo debería hacer la “intensificación de la propaganda; la preparación psicológica de una población para la rebelión”.
 
Primero, debe haber “agitación” local y nacional: la organización de boicots, huelgas y otros esfuerzos que sugieran descontento público. Luego, la “infiltración de organizadores extranjeros y asesores, además de propaganda foránea, material, dinero, armamento y equipos”.
 
El siguiente nivel de las operaciones debe establecer “frentes nacionales [e.g. el Consejo Nacional Sirio] y movimientos de liberación [e.g. el Ejército Sirio Libre]” que movilizarán a largos segmentos de la población a aceptar el “incremento del sabotaje y la violencia política” y alenta la preparación de “individuos o grupos que realizan acto de sabotajes en centros urbanos”.
 
Escribí sobre las estrategias de la guerra irregular apoyadas por el extranjero que se empleaban en Siria a un año de la crisis; cuando la abrumadora mayoría de narrativas todavía iban sobre el “dictador asesinando a su pueblo”, que las protestas eran “pacíficas”, la oposición mayoritariamente “desarmada”, la “revolución” totalmente “popular”, y sólo las fuerzas de seguridad del Estado hacían fuego sobre miles de “civiles”.
 
¿Fueron manufacturadas todas estas narrativas? ¿Fueron escenificadas las imágenes que vimos? ¿O fue necesario solamente fabricar algunas cosas puesto que la “percepción” de la vasta población intermedia, una vez moldeada, crearía su propio momentum natural hacia el cambio de régimen?
 
¿Y qué hacemos nosotros en la región, con esta nueva y deslumbrante información sobre cómo dirigen las guerras en contra nuestra: usando a nuestras propias poblaciones como tropas de sus agendas extranjeras?
 
Crear nuestro propio “juego”
 
Dos pueden jugar en este juego de narrativas.
 
La primera lección aprendida es que las ideas y los objetivos pueden ser elaborados, enmarcados con arte y empleados con gran eficacia.
 
La segunda lección para llevar es que necesitamos establecer medios más independientes y canales de distribución de información para diseminar nuestra propuesta de valores lejos y ampliamente.
 
Los gobiernos occidentales cuentan con un ejército de periodistas regionales y occidentales ridículamente serviles para bombardearnos con su propaganda día y noche. No necesitamos igualarlos en números de medios: también podemos emplear estrategias para impedir campañas de desinformación. Los periodistas occidentales que repetidamente publican información falsa, imprecisa y dañina que pone vidas en peligros debe negárseles la entrada a la región.
 
Estos no son periodistas –prefiero llamarlos combatientes mediáticos– y no merecen las libertades de acuerdo a la que merecen los profesionales de los medios. Si al primer año del conflicto estos periodistas occidentales hubieran cuestionado las premisas de cualquiera de las cuatro narrativas enumeradas más arriba, ¿habrían hoy 250 mil o más muertos? ¿Hubiera sido Siria destruida y sus 12 millones quedarían sin hogar? ¿Existiría, siquiera, el Estado Islámico?
 
¿Libertad de expresión? No gracias: no si tenemos que morir por los objetivos de seguridad nacional de otros.
 
Siria cambió el mundo. Trajo a los rusos y a los chinos (Brics) a la pelea y cambió el orden global de uno unipolar a uno multilateral; de un día a otro. Y creó una causa común entre un grupo de Estados claves en la región que ahora son la médula del “Arco de Seguridad” en ascenso desde el Levante hasta el Golfo Pérsico. Ahora tenemos inmensas oportunidades de re-elaborar el mundo y el Medio Oriente desde nuestra propia visión. ¿Nuevas fronteras? Las dibujamos desde dentro de la región. ¿Terroristas? Los derrotaremos nosotros. ¿ONGs? Crearemos las nuestras, con nuestros connacionales y con nuestras agendas. ¿Oleoductos? Nosotros decidimos dónde colocarlos.
 
Pero comencemos a construir esas nuevas narrativas antes de que el “otro” venga y llene el vacío.
 
Un consejo. Lo peor que podemos hacer es perder nuestro tiempo rechazando narrativas extranjeras. Eso nos convierte en los “rechacionistas” en su juego. Y les da vida. Lo que necesitamos es crear nuestro propio juego –un rico vocabulario de narrativas propias–, uno que nos defina, nuestra historia y aspiraciones, basadas en nuestras propias realidades políticas, económicas y sociales. Que el “otro” rechace nuestra versión, que se conviertan ellos en los “rechacionistas” en nuestro propio juego… y le den vida.
 
* Sharmine Narwani es investigadora y especialista en geopolítica del Medio Oriente. Ha colaborado con diversos medios como Al Akhbar English, The New York Times, The Guardian, Asia Times Online, Salon.com, USA Today, The Huffington Post, Al Jazeera English, BRICS Post. La traducción para el portal web de investigación Misión Verdad la realizó Diego Sequera.
 
Por Sharmine Narwani * / RT
 
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