domingo, 25 de septiembre de 2016

Del mundo desbocado al mundo desarticulado



Por Gustavo Gordillo

El mundo desbocado. Anthony Giddens, el sociólogo británico quien propuso los fundamentos teóricos de la llamada “tercera vía”, a partir de la cual avanzó una determinada versión de la socialdemocracia, también escribió un pequeño ensayo para sustentar una visión entonces progresista de la globalización.

En Un mundo desbocado da sus argumentos para concebir la globalización más que como un peligro, como un reto. Giddens define a la globalización en oposición a los fundamentalismos que buscan restituir los valores tradicionales. “El campo de batalla del siglo XXI –dice Giddens– enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia cosmopolita.” Un argumento clave es que la globalización ayuda a la democracia, la democracia ayuda a la tolerancia y la tolerancia se opone al fundamentalismo. Y esto ocurre según el autor por el vínculo entre globalización, libre mercado y democracia.

La globalización realmente existente. 17 años después de publicado ese texto es difícil conciliar esa propuesta optimista de la globalización con muchos aspectos de la realidad. Uno es que se ha tratado de una globalización esencialmente comandada por el poder financiero trasnacional y multilateral en su propio beneficio. Ha dejado a grandes porciones de la población en el mundo al margen del progreso y frecuentemente en peores condiciones que sus padres. Ha catapultado la desigualdad en el mundo. Ha desplazado fábricas, campos, personas.

Las migraciones forzadas por razones no solo militares, sino económicas, se han generalizado. ¿Entonces tienen razón Trump, LePen y demás fauna que los acompaña en Polonia, Hungría y Eslovaquia. sólo por mencionar los casos notorios?

La promesa incumplida. Una globalización a partir de los intereses nacionales es decir de una coalición amplia de empresarios, burócratas, lideres sociales, centros de investigación, partidos y ciudadanos a partir de una plataforma común que en palabras de Rolando Cordera “nacionalice la globalización” podría sentar las bases para vincular una forma de inserción mundial basada en deliberaciones transparentes y acuerdos políticos. Tendría que incluir de manera destacada la apertura regulada del flujo de mano de obra y el fortalecimiento de derechos laborales y ecológicos.
 
 
Frente a una globalización desbocada y dirigida en favor de los intereses del capital financiero hay otro camino diferente a los proteccionismos, a la xenofobia, al nativismo y al autoritarismo.

Mercado y democracia. Lo que parecía casi un equivalente se muestra crecientemente como dos términos divergentes cuando no antagónicos. Salvo los predicadores de los mercados competitivos, esos que se ajustan automáticamente, hoy es mas claro que en los noventas que los mercados para existir, desarrollarse y expandirse requieren del Estado. No de cualquier Estado, sino de uno que imponga regulaciones e incentivos y rompa resistencias. La idea de que la mejor política (pública) es no tener una, era propaganda para incautos. Los poderes hegemónicos sabían y saben que necesitan de un Estado para crear lo que los automatismos no crean: mercados que beneficien a determinados actores. Es decir se requiere de un Estado autoritario. Pero eficiente para esos intereses.

Del ogro filantrópico al pulpo depredador. Lo que tenemos no satisface a nadie. Franjas del Estado colonizadas por intereses particulares y desarticulación social producen un Estado depredador, pero ineficiente. No logra siquiera asumir su mandato central: brindar seguridad a los ciudadanos.

La disputa central no es entre mercado o Estado, o entre mercado, Estado y sociedad. Es entre construir un espacio público en el cual se elaboren identidades y propósitos comunes, y las guaridas privadas donde cada quien para su santo.

Y sí, se necesita de un Estado fuerte para que sea el Estado de la sociedad. Se trata de la disputa entre el egoísmo y la solidaridad.
 
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