viernes, 28 de octubre de 2016

Menores de un centro de acogida concertado con la Xunta denuncian agresiones físicas de sus cuidadores

Imagen de la fachada del Hogar de San José de las Hermanas de la Caridad de Vigo. /GOOGLE

En una sesión pericial con un psicólogo, los menores describen situaciones de crueldad y violencia verbal y física continuada por parte de las religiosas y los educadores del Hogar de San José de las Hermanas de la Caridad de Vigo. Un vídeo grabado en el interior del centro muestra 'el cuarto del saco' donde se castiga a los menores: "Es lo peor".

VIGO.- José Ángel se lo cuenta al psicólogo despacio y sereno, todo lo sereno que puede: “Cuando yo tenía seis o siete años había un niño llamado Adolfo, era activo, inquieto... Era un niño normal. No lo hacía aposta. Y recuerdo que más de una vez Sor cogía una cuerda de la comba y lo ataba a la silla. Y Adolfo no sé qué decía y Sor le decía `¡Cállate’!. Y Adolfo no se callaba. Y para que se callara, le ponía el trapo en la boca. Y estaba así, con el trapo en la boca y atado a la silla”.

“Como si lo hubieran secuestrado”, apostilla Eva. José Ángel añade que, previamente, la religiosa había cortado los mangos de una comba para inmovilizar al crío con más facilidad.

Adolfo es un nombre ficticio, como el de José Ángel y Eva, y el de todos los menores que aparecen citados en este reportaje. La transcripción anterior corresponde a una sesión colectiva que seis de ellos mantuvieron hace poco con un psicólogo y perito judicial para denunciar los malos tratos físicos y psíquicos que dicen sufrir en la Fundación Casa de Caridad de Vigo-Hogar de San José, un centro de menores concertado con la Xunta de Galicia que acoge a una treintena de niños y adolescentes en situación de riesgo o desamparo. Lo regentan y gestionan monjas de la orden de las Hijas de la Caridad.

Lo que vio José Ángel hace ocho años (ahora tiene quince), según los chicos, sigue ocurriendo ahora. “A mi hermana a veces la tienen atada porque no para con los pies. Atada a la silla”, subraya Clara en el vídeo. Elisa, otra chica de 16 años, asiente con la cabeza: “Sí, a la silla”.

Hace ocho años, un padre cuyos hijos eran usuarios de día en el centro comenzó a denunciar la situación que los críos le contaban ante varias instancias: Xunta, Fiscalía, juzgados, defensor del Pueblo... Hasta a la Casa Real. Pero una tras otra fueron tumbando sus reclamaciones. Dos semanas después de que el juzgado de Instrucción número Seis de Pontevedra sobreseyera de nuevo una de sus denuncias, considerando “improcedente” una nueva exploración pericial de los menores (el Instituto de Medicina Legal de Galicia, el Imelga, ya había realizado una), solicitó la ayuda de un psicólogo para que estudiara el estado de sus hijos y comprobara si lo que le contaban era verdad.

“Sebastián (11 años), Esteban (13 años) y Arturo (9 años) coinciden en ser testigos de que a Manuela (7 años), una religiosa la pone en decúbito ventral en el suelo y le cruza los brazos por la espalda, empujando los brazos hacia arriba para generar dolor. Preguntados los niños quién hace tal cosa, todos contestan al unísono: ¡Sor [el mismo nombre de la religiosa que ataba a Adolfo]!’”. “Esta maniobra es una clásica palanca de inmovilización, de uso de las fuerzas de seguridad”, abunda el perito en su informe, en el que se recogen otras actuaciones similares y que finaliza con esta conclusión: “Por el lenguaje utilizado, por la coincidencia en términos de adultos y de emoción, la mayoría de los conceptos vertidos por los niños tienen credibilidad”.

Para la administración autonómica y judicial, sin embargo, no es así. Por lo que padre y perito decidieron grabar en vídeo una nueva sesión con dos de los chicos que ya habían participado en la primera, y con otros cuatro que accedieron declarar. La grabación con su testimonio, al que ha tenido acceso Público pero que se ha decidido no reproducir para protegerla identidad de los menores, es espeluznante.

Cuentan que cuando algunas de las monjas o de los educadores creen que los niños más pequeños se portan mal, los amordazan tapándoles la boca con un trapo para que no puedan protestar. “Lo peor es que es un trapo usado (...), de limpiar las mesas o de limpiar algún mueble”, narra Elisa. “Y después lo cogen entre dos, o tres, o cuatro, según la persona que sea, y lo encierran en el cuarto del saco y le cierran las puertas”.

“¿El cuarto del saco?”, pregunta el psicólogo. Sí, el cuarto del saco: un sótano sin luz al que se accede por unas escaleras y en el que, según los jóvenes, se ha colocado un saco de boxeo sobre el que, supuestamente y a instancias de monjas y educadores, los niños deben descargar su ira.

El sótano está a oscuras y la mayoría de las veces los pequeños están demasiado aterrorizados como para usar el aparato. Uno de los chicos del centro grabó un video, que sí acompaña esta información, colándose en el cuarto para mostrar entre sombras la cadena que lo sujeta y las señales de golpes, patadas y arañazos en las puertas que se cierran con llave. Según los adolescentes, para los niños más pequeños del centro ir al cuarto del saco “es lo peor”. Los aterroriza ese castigo. Se mueren de miedo.

La Consellería de Política Social de la Xunta admitió ayer que hace una semana recibió el vídeo con la sesión pericial y que puso en marcha el protocolo definido para estos casos: remitirlo a la Fiscalía de Menores y abrir una investigación interna que incluye una visita sorpresa al centro. El informe está siendo redactado por la inspectora. Preguntadas sobre si se adoptado alguna medida de protección sobre los chavales que aparecen en la grabación, por si sufrieran represalias, fuentes del citado departamento recuerdan que no pueden trasladar a al menos dos de ellos porque una sentencia de primera instancia ratificada por la Audiencia Provincial de Pontevedra, ordena que permanezcan en él. También señalan que el informe del Imelga, del 2014, asegura que entonces no se encontraron indicios de malos tratos.

Esa versión contradice lo que dicen los chicos, que entre ellos se muestran cariñosos y solidarios en el vídeo. Incluso se consuelan cuando a alguno se le saltan las lágrimas cuando recuerdan un castigo exagerado, una humillación, un golpe, un insulto...

Esteban sigue hablando y relata cómo ha visto a un educador azotar a la hermana de Elisa con un libro en la cara cuando se equivoca al cantar la tabla de multiplicar. El mismo día en que se graba la sesión con el psicólogo, Elisa asegura que a la hora de comer, la misma persona acaba de amedrentar a gritos a la pequeña: “Se le está cayendo un diente y le dolía. Y [el educador] le decía ‘¡Come el pan, como el pan! ¡Eres tonta! No sabes comer, como sigas así te voy a separar de los demás, ¡vas a comer sola!’”. Para proteger a su hermana, Elisa se sentó junto a ella y se tomó su almuerzo “a escondidas”.

La directora del centro, María Ángeles Oviedo, asegura no tener constancia de los hechos, se remite a la Xunta para cualquier aclaración y asegura que no tiene “nada que confirmar ni nada que desmentir”. No da oportunidad al periodista para preguntarle si, como cuenta Samuel, otro de los menores, en el centro se proporcionan fármacos a los críos sin una orden médica que lo justifique.

“Mis dos hermanos son hiperactivos, y es normal. Estás viviendo una situación que tus padres se divorcian, se pelean, sufres malos tratos... Claramente vas a tener algún síntoma. Y lo que hacen no es atarlos a la silla, sino que van a un sitio y les compran medicamentos. Y eso no puede ser normal. A mi hermano eso le está haciendo tener unos tics muy malos”, lamenta Samuel, imitándo esos tics involuntarios con una extraña mueca en el rostro. “Y otro que es así”, continúa, abriendo la boca con el labio inferior caído. “Y se queda así, con la boca abierta, porque no la puede cerrar”.

En el vídeo, el psicólogo explica a los chavales que la consecuencia normal de todo eso es que sufran algún trauma por lo que han vivido. Primero en sus propias familias, y luego, según lo que cuentan, en el Hogar San José, donde presuntamente tenían que recuperarse de lo anterior. José Ángel, el mismo adolescente que narró al principio de este texto cómo vio al pequeño Adolfo atado y amordazado a una silla, cuenta su experiencia personal.

“Yo entré en el centro en el 2005. Y yo de pequeño tenía un problema... No aguantaba mis necesidades. Y me cagaba en los pantalones cuando tenía cinco años. O me meaba en la cama. Y en vez de ayudarme, de decirme tienes que ir al baño, y eso, me insultaban: ‘¡Eres un cerdo!”. “Me metían en el baño”, continúa, y [la monja] me decía: ‘Te voy a poner un tapón en el culo a ver si te sale la caca por la boca’, y cosas así”.

El psicólogo le explica: “Tú has debido tener una vida muy mala, te deben haber pegado mucho. Y eso es un síntoma de no poder controlarte”. José Ángel se queda pensativo, e insiste: “Tengo una duda. Yo ahora, cuando quiero hacer pis, a mi edad, a lo mejor voy quince veces al baño. Voy como si fuera con unas ganas muy grandes, y al final lo que orino es muy poco. ¿Eso sería debido a...?”.

http://www.publico.es/sociedad/menores-centro-acogida-concertado-xunta.html

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