viernes, 28 de octubre de 2016

Todos los días son de muertos


Por José Cueli - La Jornada
 
Será el hambre en el país (los países tercermundistas), el antecedente que empuje al terrorismo, bestia salvaje, feroz, sin rostro, devoradora implacable, que aparece como parida por el averno cual depredadora siniestra apareada con la crueldad. Voraz e insaciable, se convierte en peligro inmanejable para la sociedad porque la vida se torna persecución, paranoia y desesperación cotidiana que enloquece por el miedo a ser engullido por asesinos enmascarados que son terroristas organizados.

Cada ataque deja a la sociedad con amargo sabor a muerte, putrefacción, semejante a caída en abismo. Desafío y afrenta cargados de extrema crueldad que asombra, indigna y termina por paralizarnos. Crueldad que adopta formas, dimensiones sin explicación. Sabemos que debajo subyacen turbios intereses políticos, económicos, raciales, religiosos y un deseo megalomaniaco, maligno de poder; que no alcanzan a explicar las nuevas formas de crueldad sin límite. Drama violento que indica el fracaso de lo propio, la disolución de límites y reglas, la muerte del otro, la muerte propia bajo la sombra regresiva, odiada de la persecución generadora de pánico que aturde, atonta, abruma con carga de angustia desgarradora.

Este aquelarre se ha vuelto una pesadilla cotidiana. Pero a la inversa de la economía mundial que inexorablemente va en picada, la crueldad y el terrorismo van al alza, llegan a límites que desbordan la capacidad de comprensión, retando cínicamente a la razón.

El yo se descubre herido, sangrante, afrentado, humillado de forma despiadada a la indefensión; yo que intenta remediar pérdidas sin saber cómo hacerlo. El enemigo se torna irrepresentable desde lo siniestro al esconder identidad y conducir a la sociedad civil al sufrimiento extremo cuyo único recurso defensivo es el repliegue sobre sí mismo, viraje al silencio consolador que crece entre lamentos.

¿Quiénes son esos grupos que se enfrascan en una lucha a muerte, enseñoreándose para infligir dolor a víctimas, usufructuando un goce perfecto, sadismo omnipotente? Pesadilla ante disparos, estallidos, voces, gritos, rumores, sirenas cotidianas. Voces confusas, palabras ininteligibles, ecos de pasos que van y vienen, terror, confusión.

Ante la pérdida de centenares de vidas (incluidos los desaparecidos) entre enormes charcos de sangre, la intranquilidad y la angustiante sensación de indefensión sólo quedan traumas de muy difícil elaboración sobre una úlcera que carcome, taladrante, subrepticia, dolor bajo una nota inquieta de vacilación, inestabilidad e inseguridad abrupta que desbordan la posibilidad de simbolización.

¿Será el terrorismo institucionalizado una nueva forma de destrucción de los seres humanos? ¿Será la nueva forma de patología de la posmodernidad? Preguntas por el momento sin respuesta. Mientras, la bestia anda suelta, con ínfulas de crueldad creciente, desmedida, resplandeciendo triunfalmente en cada acto criminal.
 
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