jueves, 24 de noviembre de 2016

Lenin el orador


Cuando Lenin subió a la tribuna y pronunció la palabra “camaradas” con la “r” muy suave, creí que no era un gran orador. Pero apenas pasó un minuto y yo, como todos los demás, estaba “absorto” con su discurso. Por primera vez escuché que se podía hablar sobre complicadísimos problemas políticos con tanta sencillez. Este orador no se esforzaba en hacer frases pomposas. Al contrario, parecía ofrecer cada palabra sobre la palma de la mano, empleándola con asombrosa facilidad en su sentido exacto.
 
Sería una dura tarea transmitir la excepcional impresión que produjo. Su brazo extendido hacia el frente, con la palma de la mano un poco orientada hacia arriba, como si la apoyase en cada palabra, citando las frases del adversario y rebatiéndolas con argumentos de peso, con pruebas del derecho y del deber de la clase obrera de proseguir por su propio camino y no ir a rebufo -ni siquiera hacia un lado- de la burguesía liberal.
 
Todo esto estaba fuera de lo común y Lenin lo decía como si no hablase por si mismo, sino realmente por la voluntad de la historia. La cohesión, el remate, la justicia y el vigor de su palabra, todo él en la tribuna parecía una obra de arte clásica en la que no falta ningún detalle y tampoco sobra nada, sin defectos, y, si los tiene, son casi imperceptibles por ser tan naturalmente necesarios como los ojos en la cara o los cinco dedos en la mano.

Lenin habló -respecto al tiempo- mucho menos que los oradores que lo habían precedido, pero la impresión fue mucho más grande, y no fuí el único que lo sintió, porque detrás mia se escuchaba un susurro de entusiasmo: “habla Lenin…” Y realmente así era, cada argumento se desarrollaba por si mismo, por su fuerza interior.
 
 
Por Máximo Gorki
 
 
Traducido por “Cultura Proletaria” del periódico “A Classe Operária”, nº 149, noviembre de 1948.
 
 
 
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