viernes, 11 de noviembre de 2016

Los medios, su realidad y nuestra sorpresa


Por Cristina Fallarás - Diario 16

Hace tiempo escribí aquí mismo que los medios de comunicación están reflejando una imagen mejorada de nosotros mismos. Por eso, los fascismos, las guerras, las dictaduras, nuestras peores caras nos pillan por sorpresa. Y es cuando alguien exclama “¿Cómo no lo habíamos visto venir?”.
 
Podría suceder porque siempre creemos ser mejores de lo que somos, y de ahí la sorpresa de Trump, la sorpresa del Brexit, las encuestas erróneas. Pero no creo en la inocencia en la difusión de mensajes.

Creo, al contrario, que una de las razones por las que esto sucede se encuentra en el modo en el que los medios de comunicación están informando. No informan sobre lo que sucede, sino sobre lo que nos dicen que sucede. Rajoy afirma que la economía va bien/Iglesias denuncia lo contrario. Y eso es lo que se publica. No lo que pasa, sino el relato de lo que pasa, el relato político, que nunca maneja la realidad, sino la venta de un producto.
 
Un ejemplo claro, en España, se encuentra en la forma en la que los medios de comunicación han tratado la pobreza durante lo que llevamos de crisis. Los datos de la pobreza en España son abrumadores, y deberían estar abriendo las ediciones de los medios un día sí y otro también. De la misma forma, los datos de la falsa creación de empleo.
 
Sin embargo, lo que la población acostumbra a recibir es el relato que unos u otros hacen de esos datos, no los datos mismos. Se lee “Rajoy celebra la creación de empleo” donde debería leerse “El 90% de los puestos de trabajo que se crean no permiten pagar vivienda y alimento”. Se lee “Juncker alaba el crecimiento económico español”, donde debería leerse: “5,1 millones de personas no pueden calentar sus hogares en España”.
 
El problema de callar la pobreza no es solo que la población “no pobre” deja de verla y cree que no existe. El problema es que el pobre también cree que la pobreza no existe, y cree que él es el único pobre. Porque da por hecho que, de haber muchos más, debería estar enterándose. Paralelamente, todo ello lo “pacifica”, es decir, lo culpabiliza y consigue que no busque a aquellos que están como él, para organizarse, para reconocerse, para poner remedio.
 
Sirve el ejemplo del (no) relato de la pobreza: Además de esconder a los empobrecidos, necesariamente –o para ello– se esconde a los empobrecedores. Con lo que los empobrecedores, y aquellos que aprueban medidas generadoras de pobreza –la última Reforma Laboral española es el mejor ejemplo– van ganando espacio y poder. ¿Dónde? En un lugar que no está a la vista de la población.
 
Pero también sirve nuestra visión de la inmigración: Ahora, la población española se echa las manos a la cabeza con la construcción del muro de Trump entre EEUU y México. Porque los medios le han dado esa relevancia. Sin embargo, esos mismos ciudadanos escandalizados ni consideran la posibilidad de cuestionarse la valla de Melilla. Porque la forma en la que los medios de comunicación ofrecen dicha valla está relacionada con la contención de “avalanchas” y “ataques”, etcétera. El lenguaje es fundamental. Los medios trabajamos con el lenguaje.
 
La realidad que creemos conocer está construida con palabras y ocultación.
 
Tenemos la sensación, y más con la victoria de Donald Trump –aunque ya nos pasó con el Brexit–, de que no conocemos el mundo en el que vivimos, de que es además imprevisible. Y no lo es. Se trata de una construcción procedente de los medios de comunicación y de qué retrato nos ofrecen de la “realidad” en la que vivimos.
 
Por eso no me arriesgo mucho al afirmar que, tal y como funcionan ahora, los medios fallan como herramienta democrática. Mientras sigan ocultándonos la realidad y ofreciéndonos lo que se dice de esa realidad, no sirven. Y seguiremos preguntándonos con la boca abierta “¿Cómo no lo habíamos visto venir?”.
 
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