miércoles, 16 de noviembre de 2016

Morir sin luz


Por Olga Rodríguez

Un amigo iraquí que sufrió torturas y pérdidas provocadas por la invasión de Irak tiene un sueño recurrente desde hace años: en torno a una mesa repleta de manjares conversan y ríen políticos, empresarios y periodistas occidentales. De repente, caídos del cielo, se desploman sobre la comida decenas de cadáveres de iraquíes, los muertos olvidados de las páginas no escritas de eso que llamamos actualidad.
 
Su pesadilla –reflejo de un sentimiento de abandono y de un contexto real– puede ser aplicada no solo al horror de Irak, mercantilizado y desdeñado por gobernantes y medios de comunicación, sino a otros dolores también despectivamente ignorados: los provocados en estos años de empobrecimiento, precariedad, expolio y desigualdad.
 
Sin ir más lejos, esta misma semana se añadía otro crimen más al techo de cadáveres que algún día se desplomarán sobre la mesa en la que almuerzan, sin conciencia y sin culpa, los dirigentes responsables de que haya familias sin suministros básicos. La víctima es una mujer de 81 años que vivía en Reus. Se llamaba Rosa y su arrendatario había interpuesto una demanda judicial de desahucio por impago. Gas Natural Fenosa le cortó la luz hace dos meses porque no podía pagarla y por eso usaba velas para iluminar su hogar. Una de esas velas se cayó mientras dormía, incendió el colchón y la anciana murió asfixiada por el humo. La eléctrica se saltó la ley al no informar a servicios sociales de que iba a efectuar el corte. 

 
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