viernes, 27 de enero de 2017

Trump

 

Obama, Trump y los cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad

John Pilger
 
Para el día de la inauguración de la presidencia de Trump, miles de escritores estadounidenses se aprestan a expresar su indignación. “Para sanarnos y avanzar”, escriben los Writers Resist (Los escritores resisten), “queremos eludir el discurso político directo para centrarnos inspiradamente en el futuro y en cómo nosotros, como escritores, podemos ser una fuerza unificadora en la tarea de proteger la democracia”.
 
Y: “Urgimos a los organizadores y oradores locales a evitar la mención de nombres de políticos o  servirse de un lenguaje ‘anti’ durante el acto del Writers Resist. Es importante garantizar que las organizaciones sin ánimo de lucro, que tienen prohibida la participación en campañas políticas, se sientan cómodas en el patrocinio de este acto.”
 
Así pues, hay que evitar la protesta real, que no está libre de impuestos.
 
Compárese esta basura palabrera con las declaraciones del Congreso de Escritores Norteamericanos celebrado en el Carnegie Hall de Nueva York en 1935 y, luego, dos años más tarde, en 1937. Se trató de actos electrizantes, con escritores que debatían cómo hacer frente a hechos ignominiosos que estaban aconteciendo en Abisinia, China y España. Se leyeron telegramas de Thomas Mann, C. Day Lewis, Upton Sinclair y Albert Einstein, en los que se reflejaba el miedo al gran poder rampante y la convicción de que no era ya posible debatir de arte y literatura no ya sin política, sino sin entrar en la acción política directa.
 
“Un escritor”, declaraba la periodista Martha Gellhorn en el segundo congreso, “debe ser ahora un hombre de acción… Un hombre que haya dedicado un año de su vida a las huelgas del acero, o que haya estado un año en el desempleo, o que haya sufrido los problemas del prejuicio racial, no ha perdido o desperdiciado su tiempo. Es un hombre que ha llegado a conocer cuál es su sitio. Si has sobrevivido a eso, lo que tendrás que decir luego no será otra cosa que la verdad, lo necesario y real, y por eso será duradero”.
 
Esas palabras resuenan ahora como un eco a través de la unción y violencia de la era Obama y el silencio de quienes coadyuvaron a sus engaños.
 
Que la amenaza del poder rapaz –rampante desde mucho antes del ascenso de Trump— ha sido bien encajada por escritores, muchos de ellos privilegiados y celebrados, y por los guardianes de las puertas de la crítica literaria y de la cultura (incluida la cultura popular), es cosa fuera de discusión. No iba con ellos la imposibilidad de escribir y promover literatura privada de política. No iba con ellos la responsabilidad de hablar claro, ocupara quien ocupara la Casa Blanca.
 
Hoy, el falso simbolismo lo es todo. La “identidad” lo es todo. En 2016, Hillary Clinton estigmatizó a millones de votantes calificándolos como “panda de deplorables, racistas, sexistas, homófonos, xenófobos, islamófobos, llamadle como queráis”. Ese insulto lo pronunció en una marcha LGBT como parte de su cínica campaña para atraerse a las minorías insultando a una mayoría blanca principalmente obrera. Divide e impera, se llama eso; o política de las identidades, en la cual raza y género, al tiempo que esconden la clase social, permiten librar la guerra de clase. Trump lo comprendió a la perfección.
 
“Cuando la verdad es substituida por el silencio”, dijo una vez el poeta soviético disidente Yevtuschenko, “el silencio es un mentira”.
 
No se trata de un fenómeno norteamericano. Hace unos años, Terry Eagleton, entonces profesor de literatura en la Universidad de Manchester, opinaba que “por vez primera en dos siglos, no hay ningún poeta, dramaturgo o novelista británico eminente dispuesto a cuestionar los fundamentos del modo de vida occidental”.
 
No hay un Shelley que hable a favor de los pobres, ni un Blake que escriba a favor de sueños utópicos; no hay un Byron que condene la corrupción de la clase dominante, ni un Thomas Carlyle y un John Ruskin que desvelen el desastre moral del capitalismo. William Morris, Oscar Wilde, HG Wells o George Bernard Shaw no tienen hoy su equivalente. Harold Pinter fue el último en levantar la voz. Entre las insistentes voces del actual feminismo de consumo, ninguna se hace eco de Virginia Woolf, que tan bien describió “las mañas para dominar a otros… por la vía someter, matar o adquirir tierra y capital”.
 
Hay algo venal y profundamente estúpido en esos escritores que se aventuran fuera de su mundo mimado para abrazar una “causa”. En la sección de reseñas del Guardian del pasado 10 de diciembre había una refitolera imagen de Barack Obama mirando al cielo y estas leyendas: “Fascinante gracia” y “Adiós, jefe”
 
El servilismo adulatorio discurría página tras página como una suerte de arroyuelo de pestilente parloteo. “Ha sido una figura vulnerable en muchos sentidos… Pero la gracia. La gracia integral: en las maneras y formas, en el argumento y el intelecto, con humor y sobriedad… Es un brillante tributo a lo que ha sido y a lo que puede volver a ser… Parece dispuesto a mantener el combate, y sigue siendo un formidable campeón al que hay que conservar de nuestro lado… La gracia… los casi irreales niveles de gracia…”.
 
He amalgamado estas citas. Hay otras todavía más hagiográficas y carentes de moderación. El apologista en jefe de Obama en The Guardian, Gary Younge, siempre se ha cuidado de mitigar un poco las loas. Su héroe “podría haber hecho más”: pero, ¡oh!, esas “soluciones calmadas, mesuradas y consensuadas…”.
 
Pero nadie puede superar al escritor norteamericano Ta-Nehisi Coates, el agraciado con un beca para “genios” de 625.000 dólares otorgada por una fundación de izquierda liberal. En un interminable ensayo para The Atlantic titulado “Mi Presidente era Negro”, Coates aportó un nuevo significado a la postración. El “capítulo” final, titulado “When You Left, You Took All of Me With You” [Cuando te vayas, te me llevarás todo contigo] –un paso de la canción de Marvin Gaye—, describe el espectáculo de un Obama “saliendo de la limousine, más allá del miedo, sonriendo, saludando, desafiando a la desesperanza, desafiando a la historia, desafiando a la gravedad”. La Ascensión, nada menos.
 
Uno de los rasgos persistentes de la vida política norteamericana es un extremismo cultista  rayano en el fascismo. Se expresó y reforzó durante los dos mandatos de Barack Obama. “Yo creo en el excepcionalismo americano con todas y cada una de las fibras de mi ser”, dijo Obama, quién llevó el pasatiempo militar favorito norteamericano –los bombardeos y las escuadras de la muerte (“operaciones especiales”)— más lejos que ningún otro presidente desde la Guerra Fría.
 
De acuerdo con la investigación del Consejo de Relaciones Exteriores, sólo en 2016 Obama lanzó 26.171 bombas. Es decir, 72 cada día.  Bombardeó a los más pobres de la Tierra Afganistán, Libia, Yemen, Somalia, Siria, Irak, Pakistán.
 
Cada jueves –informa el New York Times—, él personalmente seleccionaba a quién había que asesinar  con endemoniados misiles lanzados con drones. Bodas, funerales o pastores de rebaños se convirtieron en blancos de ataque, junto con quienes trataban de reunir las partes de los cuerpos diseminadas por el “objetivo terrorista”. Un senador Republicano, Lindsey Graham, estimaba –con aplauso— que los drones de Obama habían matado a 4.700 personas. “A veces le das a gente inocente, y yo odio eso”, dijo, “pero nos hemos cargado a miembros muy principales de al Quaeda”.
 
Como el fascismo de los años 30, grandes mentiras servidas con precisión de metrónomo. Gracias a unos medios de comunicación omnipresentes, a la descripción de los cuales cuadran ahora las palabras del fiscal de Nuremberg: “Tras cada gran agresión, con algunas excepciones oportunistas, iniciaban una campaña de prensa calculada para debilitar a sus víctimas y preparar psicológicamente al pueblo alemán… En el sistema de propaganda… la prensa diaria y la radio eran las armas más importantes”.
 
Recuérdese la catástrofe en Libia. En 2011, Obama dijo que el presidente libio Muammar Gaddafi estaba planeando un “genocidio” contra su propio pueblo. “Sabemos… que si esperamos un día más, Benghazi, una ciudad de las dimensiones de Charlotte, podría sufrir una masacre que reverberaría por toda la región y mancharía la consciencia del mundo”.
 
Era la consabida mentira de las milicias islamistas abocadas a la derrota a manos de las fuerzas gubernamentales libias. Se convirtió en la historia dilecta de los medios de comunicación; y la OTAN –dirigida por Obama y Hillary Clinton— lanzó 9.700 “incursiones punitivas” contra Libia, de las cuales más de un tercio dirigidas contra objetivos civiles. Se usaron cabezas de uranio; las ciudades de Misurata y Sirte fueron arrasadas. La Cruz Roja encontró fosas comunes, y la Unicef informó de que  “el grueso [de los niños muertos] tenían menos de 10 años”.
 
Bajo Obama, los EEUU extendieron las operaciones de “fuerzas especiales” a 138 países, el 70% de la población mundial. El primer Presidente Afroamericano lanzó lo que equivalía a una invasión a gran escala de África. Reminiscente del Gran Reparto de África de fines del XIX, el Comando Africano de los EEUU (Africom) ha construido una red de peticionarios y suplicantes entre los regímenes africanos colaboracionistas, ávidos de sobornos y armas estadounidenses. La doctrina “soldado a soldado” del Africom incrusta oficiales estadounidenses en cada nivel de mando, desde el generalato al último cabo furriel. Sólo faltan los salacots.
 
Es como si la orgullosa historia de la liberación africana, de  Patrice Lumumba a Nelson Mandela, hubiera sido destinada al olvido por una nueva elite dominante negra, cuya “misión histórica” –según advirtió Franz Fanon hace ya medio siglo— es la promoción de “un capitalismo rampante aun si camuflado”.
 
Fue Obama quien, en 2011, anunció lo que ha terminado conociéndose como el “pivote de Asia”, por el que casi dos tercios de las fuerzas navales estadounidenses fueron transferidas al Pacífico asiático para “confrontar a China” (en palabras de su Secretario de Defensa). No había amenaza china; la aventura era de todo punto innecesaria. Era una provocación extrema para hacer feliz al Pentágono y a sus enloquecidos logreros.
 
En 2014, la administración Obama supervisó y financió un golpe dirigido por fascistas en Ucrania contra el gobierno democráticamente elegido, amenazando a Rusia en la frontera occidental por la que Hitler invadió en su día a la Unión Soviética con una pérdida de 27 millones de vidas. Fue Obama quien emplazó misiles que apuntaban a Rusia en la Europa del Este, y fue el ganador del Premio Nobel de la Paz quien incrementó el gasto en cabezas nucleares a un nivel más alto que cualquier otra administración desde la Guerra Fría (después de haber prometido en un emotivo discurso en Praga “ayudar a librar al mundo del armamento nuclear”).
 
Obama, el iusconstitucionalista, persiguió a más filtradores de información que cualquier otro presidente en la historia, a pesar de que la Constitución estadounidense los protege expresamente. Declaró culpable a Chelsea Manning antes del fin de un proceso que era una farsa. Rechazó el perdón a Manning, que había sufrido años de tratamiento inhumano que la ONU equipara a tortura. Dio alas a una persecución judicial falsaria contra Julian Assange. Prometió cerrar el campo de concentración de Guantánamo, y no lo hizo.
 
Secundando el desastre en relaciones públicas que fue George W. Bush, Obama, el delicado operador de Chicago vía Harvard, se apuntó a restaurar lo que llama “liderazgo” a escala planetaria. La decisión del comité del Premio Nóbel fue parte de eso: el tipo de empalagoso racismo inverso que beatificó al hombre por la sola razón de que resultaba atractivo para las sensibilidades liberal-progresistas y, huelga decirlo, para el poder norteamericano, ya que no para los niños acribillados en los países empobrecidos, la mayoría musulmanes.
 
Tal es el “Atractivo de Obama”. No difiere mucho del silbido canino: inaudible para la mayoría, irresistible para los sumidos en el encantamiento y la imbecilidad, y particularmente para los “cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad”, como dejó dicho Luciana Bohne. “Cuando Obama entra en la sala”, requebró George Clooney, “quieres seguirle a algún lado, a cualquier lado”.
 
William I. Robinson, profesor en la Universidad de California, y miembro uno de los grupos de pensamiento estratégico incontaminados que han mantenido su independencia durante los años de silbidos caninos posteriores al 11S, escribía esta semana:
 
“Puede que el Presidente Barack Obama… haya contribuido más que nadie a asegurar la victoria de Trump. Aun cuando la elección de Trump ha disparado una rápida expansión de las corrientes fascistas en la sociedad civil estadounidense, una deriva fascista del sistema político está lejos de resultar inevitable… Pero el contraataque precisa de claridad en el diagnóstico de cómo llegamos al borde de este peligroso precipicio. Las semillas del fascismo del siglo XXI fueron sembradas, fertilizadas y regadas por la administración Obama y la elite liberal políticamente quebrada”.
 
Robinson señala que “tanto en su variante del siglo XX como en la incipiente variante del siglo XXI, el fascismo es, sobre todo, una respuesta a profundas crisis estructurales del capitalismo, como las de los años 30 y la que empezó con la fusión financiera de 2008… Hay una línea casi directa que va de Obama a Trump… La negativa de la elite liberal a enfrentarse a la rapacidad del capital transnacional y su recurso a las políticas de identidad sirvió para eclipsar el lenguaje de las clases trabajadoras y populares… empujando a los obreros blancos a una “identidad” de nacionalismo blanco y ayudando a los neofascistas a organizarlos”.
 
El lecho de siembra es la República de Weimar de Obama, un paisaje de pobreza endémica, política militarizada y cárceles bárbaras: la consecuencia de un extremismo de “mercado” que, bajo su presidencia, impulsó la transferencia de 14 billones de dólares de dinero público a empresas criminales de Wall Street.
 
Tal vez su mayor legado sea la cooptación y la desorientación de cualquier oposición real. La engañosa “revolución” de Bernie Sanders queda al margen. La propaganda es su triunfo.
 
Las mentiras sobre Rusia –en cuyas elecciones los EEUU han intervenido sin embozo— han convertido en un hazmerreír al grueso de los periodistas autoproclamados importantes del mundo. En el país que goza constitucionalmente de la prensa más libre del mundo, el periodismo libre subsiste sólo por honrosas excepciones.
 
La obsesión con Trump es una tapadera para mucha de la sedicente “izquierda liberal”: como una proclamación de decencia política. No son de “izquierda”, ni siquiera particularmente “liberales”. Buena parte de la agresión norteamericana al resto de la humanidad ha venido de administraciones Demócratas autoproclamadas liberal-progresistas: como la de Obama. El abanico político norteamericano va del mítico centro hasta la derecha lunática. La “izquierda” son renegados sin techo, a los que Martha Gellhorn describió en su día como “una fraternidad tan rara como de todo punto admirable”. Excluidos quienes confunden política con autofijación umbicular.
 
Me pregunto si, mientras “se sanan” y “avanzan”, los portavoces de Writers Resist y otros antitrumpistas reflexionan sobre eso. O más al caso: ¿cuándo surgirá un genuino movimiento político de oposición? Airado, elocuente, todos para uno y uno para todos. Mientras la política real no regrese a las vidas de las gentes, el enemigo no es Trump, somos nosotros.
 


El saldo presidencial de obama fue de siete guerras y un millón de muertos
 
James Petras (Canarias – semanal)
 
El sociólogo estadounidense James Petras asegura que Obama ha sido uno de los principales arquitectos del imperialismo y de las agresiones militares, cuyo saldo es de conflictos bélicos y muerte, con siete guerras y un millón de muertos a sus espaldas.
 
      Según manifestó esta semana el sociólogo estadounidense James Petras en su habitual charla con la emisora uruguaya “Radio Centenario”, los  banca y las finanzas están muy alarmadas ante la posibilidad  de que el proteccionismo anunciado por Donald Trump pueda limitar su capacidad para transferir capitales hacia el exterior. Algo similar sucede con las grandes multinacionales, que desean invertir en otros países como China, y que pudieran verse afectados por la anunciada y nueva políticaeconomica  presidencial.
 
No hay que olvidar, por otra parte, que Alemania tiene un intenso y favorable comercio  con los EEUU – advirtió el profesor de la Universidad de Nueva York –  y bajo ningún concepto desean ver limitada su capacidad para exportar maquinaria de alta tecnología  y que tan favorables balances  les está proporcionando”.
 
   “Yo ignoro – agregó Petras – en qué grado Trump va a aplicar la política que anuncia, fomentando el retorno de capitales norteamericanos para invertir en los EEUU. Desconozco igualmente  en qué grado el todavia presidente electo va poder   negociar   nuevos acuerdos comerciales con Europa, con China y con el resto de los países. Pero es preciso tener en cuenta que Alemania depende mucho de las exportaciones de maquinarias y mercancias de ese estilo . Y si  Donald Trump pone en marcha una política proteccionista  en los EEUU, obviamente otros países seguiran su mismo camino. Con lo que ni que decir tiene que la  globalización economica mundial resultaria muy afectada. Y en el mundo de hoy la dependencia de las exportaciones de la mayoría de los países  es mayor que la de cualquier otro rubro.
 
En su intervención en “Radio Centenario”, el intelectual norteamericano hizo una valoración de la política del presidente saliente, Barack Obama.
 
   “De las informaciones confiables que tenemos, las estadísticas indican que Obama cumplió con su misión de apoyar la recuperación de Wall Street. En segundo lugar,  hay que decir que Obama inició nada menos que siete conflictos bélicos en el mundo. Y el resultado de esas guerras iniciadas por el presidente saliente es de más de un millón y medio de personas muertas en medio Oriente, en Irak, Libia, Yemen, Siria, etc.
 
        “Por otra parte, – aseguró Petras – las desigualdades se han disparado y el poder económico de las clases altas  han crecido de forma vertical. Obama, en pocas palabras, ha sido uno de los principales arquitectos del imperialismo y de las agresiones militares, así como un auténtico impulsor de la desigualdades de clase.  Por último, hay que reconocer  que a quienes sí  benefició fue al 10% de los más influyentes y ricos afroamericanos. Pero gran mayoría de los afroamericanos han sido afectados negativamente. Las desigualdades entre trabajadores blancos y afroamericanos han crecido en un 15% bajo la presidencia de Obama. En realidad éxito de Obama han consistido en la sonrisa, la demagogia y la capacidad de recibir a los medios de comunicación de masas que le eran favorables. Pero todo eso esconde a uno de los Presidentes más reaccionarios que hemos tenido en los últimos tiempos.
 
 
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