domingo, 26 de febrero de 2017

Karoshi: muerte por explotación laboral



Por Roberto Jara

Karoshi significa “muerte por exceso de trabajo” en japonés, y se utiliza para hablar de derrames cerebrales y ataques cardíacos por complicaciones debidas al exceso de horas de trabajo, muchos de ellos teniendo como desenlace la muerte.

El término es originario de Japón, donde según el Consejo Nacional de Defensa de las Víctimas del Karoshi, se cobra la vida de 10.000 trabajadores al año, pero afecta a trabajadores de todo el mundo.
 
El vocablo Karoshi comienza a usarse a partir de 1969, cuando un trabajador de una compañía de periódicos falleció de un ataque al corazón a la edad de 29 años. Sin embargo se trata de un aspecto controvertido en la sociedad japonesa, ya que los tribunales establecen criterios extremos a la hora de acreditar un caso de karoshi, con la intención de minimizar las cifras.
 
Así, según el Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar, para que se considere karoshi, se deben haber trabajado más de 65 horas a la semana durante más de un mes, haber hecho un mínimo de 100 horas extra en el mes previo al “incidente” y tratarse de una muerte súbita en el puesto de trabajo.
 
De esta manera, la cifra de casos de karoshi del gobierno japonés de 2005 es de 355 víctimas, 147 de ellas mortales, mientras que las organizaciones de ayuda a víctimas consideran que cada año el karoshi se cobra la vida de unos 10.000 trabajadores japoneses. Muchas veces estas organizaciones se dedican a conseguir compensaciones económicas para los familiares, librando interminables batallas judiciales.
 
Uno de los pleitos por karoshi más conocidos es el del suicidio de una joven tras trabajar 140 horas extra al mes para una popular cadena de restaurantes. Esta situación suele ir emparentada con otros padecimientos mentales relacionados con la alienación y la explotación, como el síndrome “burnout”, o estrés prolongado ante facetas emocionales e interpersonales de la jornada laboral; o incluso la propia adicción al trabajo.
 
Algunos indicios fisiológicos antes de sufrir un episodio cardíaco o un derrame cerebral, son el insomnio, problemas gastrointestinales o la hipertensión arterial. Sin embargo, algunos aspectos psicológicos del karoshi son el ABC de la moral de empresa, como la necesidad de trabajar más o la preocupación constante por el rendimiento laboral. El código de conducta de las empresas japonesas tacha de vago a quien no realiza horas extra más allá de su extenuante jornada, a quien sale de trabajar antes que un trabajador de más edad o a quien no tiene aspecto de estar agotado tras su jornada laboral.
 
Tras esta interesada promoción de la autoexplotación por parte de la empresa, se esconden formas de estrés y desórdenes obsesivos-compulsivos relacionados con el trabajo, infravalorando la dedicación del escaso tiempo libre del trabajador a la hora de desarrollar su vida personal, así como cuadros de ansiedad, irritabilidad y depresión.
 
Esta devastadora costumbre para la salud de los trabajadores está alentada por numerosos factores del panorama laboral japonés, como los bajos salarios mínimos, las prolongadas jornadas -que llevan a un 20% de los asalariados a trabajar al menos 12 horas diarias-, las condiciones de precariedad laboral o la continua amenaza del paro. En esta situación tienen un papel especial las Empresas de Trabajo Temporal, que emplean a un tercio de la población activa japonesa, siendo los sectores con menos derechos laborales y peores salarios.
 
Para mantener a estos trabajadores en la temporalidad, las empresas los despiden justo antes de estar cinco años trabajando en el mismo puesto, ya que a los cinco años se les ofrecería un puesto fijo. Pese a que tradicionalmente han sido oficinistas y ejecutivos de bajo rango -conocidos en Japón como Salarymen y Officeladies-, estas trabajadoras y trabajadores precarios forman un sector cada vez mayor de la clase obrera japonesa, así como de las víctimas de karoshi, número que crece parejo al aumento de la desigualdad social y el desempleo.
 
Pese a los intentos de las patronales y del gobierno por acallar este goteo continuo de muertes por explotación laboral, cada vez son más frecuentes los testimonios en las redes sociales. Algunos trabajadores declaran que “se autoesclavizan trabajando sin paga un número de horas descabellado, y hasta falsifican sus fichas de trabajo para no meter a la empresa en problemas” hablando así de los frecuentes dobles registros de horario, uno para la Inspección de Trabajo, y otro con las horas reales para la empresa.
 
Sin embargo, como decíamos antes, no debemos entender el karoshi como un fenómeno que sucede sólo en Japón, ya que estas condiciones laborales y los casos de muerte relacionada con la situación laboral y económica se dan en todo el mundo, como los suicidios en un planta de Mazda en México, Foxconn en China, Telecom en Francia o ante los desahucios en el Estado Español. Estas muertes en forma de suicidios hunden sus raíces en la barbarie y deshumanización que causa este régimen de explotación, miseria y opresión para la clase trabajadora.

El drama de la moral corporativa y las vidas obreras

Las relaciones laborales en Japón incluyen en muchos casos un fuerte corporativismo de empresa, más allá de la explotación capitalista, forzando una identificación entre jefe y subalterno y una lealtad a la compañía por encima de conciencias de clase. Aunque esto es algo común a la moral que los capitalistas de todo el mundo tratan de imponer a sus trabajadores, en Japón se sirvió de la expectativa de “un empleo de por vida” a la que la clase obrera japonesa estaba acostumbrada.
 
Esta identificación del autoritarismo de la compañía como algo similar al de una familia patriarcal, es utilizada por los empresarios a la hora de flexibilizar y alargar la jornada laboral o los salarios, así como para la discriminación y menos inserción laboral de la mujer, de fuerte raigambre en el mundo del trabajo en Japón. Sin embargo la realidad no es la del empleo de por vida, si no la del desempleo y la precariedad laboral en aumento al calor de la crisis capitalista.
 
El tradicionalmente infrecuente desempleo en Japón ha alcanzado cifras record, siendo junto con la temporalización y precarización, uno de los aspectos más visibles de la peor recesión en la economía japonesa tras la Segunda Guerra Mundial. Así, el fin de la perspectiva de un empleo fijo, aunque agotador, para las capas más oprimidas de la sociedad, acarrea consecuencias dramáticas, como es el aumento de los suicidios por causas económicas.
 
Japón tiene la tercera mayor tasa de suicidio del mundo, siendo la principal causa de muerte tanto en hombres como en mujeres jóvenes, derivándose en buena parte de las frustraciones y el fracaso ante una situación económica insoportable. Así, el 57% de los suicidios se dieron en personas en situación de desempleo, que suponen el 5,7% de la población activa. Además, según cifras del gobierno, la fatiga y la depresión relacionada con el trabajo, fueron los motivos principales para los suicidios entre asalariados; siendo un tercio de los suicidios Karoshisatsu, producidos por karoshi.
 
También, el 15% de los casos de suicidio se dan por motivaciones financieras, en muchos casos, en personas que contratan un seguro de vida y se suicidan presionados por subsanar las deudas de sus familias, lo que se conoce como Inseki-Jisatsu (suicidios “responsabilidad impulsada”). Por otra parte, la población anciana también sufre algunos de los aspectos más dramáticos de esta situación, ya que el vacío experimentado después de retirarse del trabajo y no encontrar una vida personal al no haberla podido desarrollar, es en buena parte responsable de un elevado número de suicidios de ancianos.
 
En los últimos 10 años, se ha duplicado en Japón el número de personas mayores de 65 años comete pequeños delitos con el objetivo de ir a la cárcel para evitar la soledad, ya que no han tenido tiempo para crear lazos con sus familias o éstas no disponen del tiempo para visitarlos debido a las prolongadas jornadas laborales. Japón es el país más envejecido del mundo, con la menor tasa de natalidad, y donde existen más del doble de personas mayores de 65 años que menores de 15.
 
Las razones debemos buscarlas en la dificultad que tienen las mujeres, de encontrar trabajos que puedan conciliarse con la tarea que recae sobre ellas del cuidado de los hijos y la casa, los bajos salarios y las prolongadas jornadas de trabajo. Esta situación, que incluye la discriminación de la mujer en una sociedad fuertemente patriarcal y la falta crónica de tiempo libre, dificulta enormemente la crianza de los hijos, así como el encontrar pareja, haciendo caer la tasa de natalidad en picado mientras proliferan negocios para personas que no suelen pasar tiempo en su hogar tras la jornada laboral, como alquileres de cápsulas para dormir.
 
En palabras de un trabajador de un periódico japonés: “Una de las razones por las que Japón tiene un índice de natalidad y de matrimonios tan pobre es que, si pasas el día entero en la oficina, no tienes vida personal. ¿Cómo podrías tenerla? ¿Cómo conocer a alguien e iniciar una relación? Tu personalidad acaba girando en torno al trabajo. Tu trabajo es tu vida y eso es todo lo que eres”.
 
El panorama de la inserción de mano de obra femenina en el mundo laboral y de la conquista de derechos de las mujeres se dificulta en esta situación, donde se refuerza el machismo y el conservadurismo de la familia patriarcal como estructura, y sin embargo los obreros apenas pueden dedicar tiempo a sus familias mientras el número de suicidios tras un divorcio es alarmante en Japón.

Conquistar derechos y conquistar las propias vidas

Son muchos los conflictos mentales que fomenta una situación de opresión, siendo además la salud mental la más perjudicada, tanto por la miseria de la crisis capitalista, como los recortes aplicados en el sistema sanitario. Por ejemplo, en el Estado Español, las depresiones graves han aumentado un 19,4% y las leves un 10,6%, y la venta de fármacos antidepresivos un 10%, desde el inicio de la crisis.
 
Toda esta cadena de opresiones que afecta a la salud mental de los trabajadores, no puede reducirse sólo a los casos de karoshi, sino que se expresa en múltiples padecimientos psicológicos derivados del embrutecimiento y la deshumanización que genera la alienación del trabajo.
 
En Japón, sin embargo, se está asistiendo a una progresiva emergencia de la juventud y los sectores más precarios, que comienzan a cuestionar las esclavizantes condiciones aborales que vivieron sus padres y a las que se enfrentan día a día, como los trabajadores del puerto de Tokio que recientemente consiguieron mejoras de seguridad y horarias o el amplio movimiento por el aumento del salario mínimo interprofesional que perciben muchos jóvenes al estilo del movimiento de los trabajadores del sector de comida rápida de Estados Unidos, exigiendo los 15 dólares la hora.
 
Una juventud que se levanta ante la precarización laboral y que debe confluir con el resto de trabajadores y sectores oprimidos para coordinar y profundizar las luchas. Una juventud que no quiere morir trabajando por un sueldo precario, sino conquistar sus propias vidas.
 
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