martes, 28 de marzo de 2017

Con estos socialdemócratas no hacen falta neoliberales


24 de Marzo de 2017

Decía Keynes, que los políticos siempre son “esclavos de algún economista difunto” aunque no sean conscientes de ello. La famosa cita continua señalando que “los maniáticos de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí inspirados en algún mal escritor académico de algunos años atrás”. El presidente del Eurogrupo, el socialdemócrata holandés, Jeroen René Victor Anton Dijsselbloem, afirmó el pasado lunes, en la reunión de esa camarilla que maneja de facto la Unión Europea, que los países del norte de Europa habían mostrado su “solidaridad con los países en crisis”, lo que él, como socialdemócrata, consideraba “extremadamente importante”, para añadir a continuación: “quien exige solidaridad también tiene obligaciones. No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda. Este principio se aplica a nivel personal, local, nacional e incluso a nivel europeo”.

Sería tentador criticar al señor Dijsselbloem partiendo de la famosa tesis de Max Weber de la ética protestante y el espíritu del capitalismo, a propósito de esa ideología de la austeridad, que remite las recompensas por los ajustes en este valle de lágrimas a la “justicia eterna”, como diría Edmund Burke. Pero resulta que este político patético estudió en colegios católicos (en eso se parece al reaccionario Burke), así que merece la pena explorar de qué economista difunto es prisionero. Hasta ahora estábamos acostumbrados a que los socialdemócratas, en su particular descenso a los infiernos del progresivo hundimiento electoral, tomaran como referente a los iconos de los neoliberales, como el pobre Adam Smith, que nunca dijo lo que suelen afirmar de él los analfabetos que jamás lo leyeron. Smith, que consideró el sistema de “libertad perfecta” como una mera “Utopía”, y fue un defensor de los pobres y los trabajadores (“ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable”), llegó a afirmar que los altos salarios alientan entre los trabajadores la “confortable esperanza de mejorar su condición y de terminar sus días quizás en paz y plenitud” (aquí en la tierra y no en el cielo); y vale recordar, ahora que hay elecciones a la patronal, que para Smith la productividad se eleva si se trata bien a los trabajadores (“los salarios son el estímulo del esfuerzo, que, como cualquier otra cualidad humana, mejora en proporción al incentivo que recibe”) y, por tanto, funciona exactamente al revés de la fábula neoliberal sobre los salarios como resultado de la productividad, lo que, dicho sea de paso, es incoherente con el cuento de los Garicano y compañía de que la economía trata de incentivos.

Sin duda, el señor Dijsselbloem, como especialista en economía agraria, debió conocer el pensamiento del reverendo T. Robert Malthus, famoso por sus críticas a la política social del gobierno de su época, que intentó frenar el ascenso de las ideas radicales en el Reino Unido (por contagio de la Revolución francesa), generalizando algunas medidas de ayuda a los pobres adelantadas a nivel local en el sur del país (el llamado sistema de Speenhamland). Toda esta masa de población de pobres y parados estacionales, que Malthus interpretó como fruto del puro azar (eran los que llegaron tarde al “banquete de la naturaleza”), soslayando convenientemente el proceso de desposesión que habían sufrido con las privatizaciones del momento, fue contemplada por este economista de la misma manera que hoy nos ve a los países del sur de Europa el inefable Dijsselbloem con su retórica reaccionaria: ni siquiera tenemos derecho a estar donde estamos, como les pasó a los que llegaron tarde al banquete de la naturaleza del párroco Malthus.

Uno de los economistas más lúcidos de todos los tiempos, Albert Hirschman, escribió un maravilloso ensayo sobre las figuras retóricas a las que recurren sistemáticamente los políticos conservadores para convencernos de que no somos los mejores jueces de nuestros propios intereses. Esas figuras son las que utilizó Malthus para demoler el proyecto de ley de ayudas a los pobres que presentó el gobierno del Reino Unido en 1796 al Parlamento: la tesis del efecto perverso (ayudar a los pobres generaría más miseria porque les permitiría tener hijos a mayor velocidad que el crecimiento de la producción agrícola), la tesis de la inutilidad (por tanto, ayudar a los pobres no serviría de nada) y la tesis del peligro, que es la que aquí nos interesa. Esta tesis dice que ayudar a los pobres tendría el efecto de que se acomodaran a vivir de las ayudas, y, en vez de ahorrar siendo austeros, se gastasen esos fondos en “borracheras y libertinaje”, o sea, el alcohol y las mujeres del señor Dijsselbloem. No sabemos si este socialdemócrata holandés, que responde perfectamente a la definición que de los políticos dio Adam Smith (“ese animal insidioso y astuto cuyas recomendaciones se orientan por las fluctuaciones momentáneas de la realidad”), es consciente de ser prisionero de Malthus del que destila su “frenesí”, o simplemente responde a la otra parte de la cita de Keynes con la que empecé este artículo y es otro “maniático de la autoridad que oye voces en el aire”.

Lo que sin duda se me ocurre como moraleja de esta penosa pero reveladora anécdota es que los alucinados socialdemócratas europeos deberían revisar urgentemente sus referencias intelectuales. Malthus escribió su Ensayo sobre la población (1798) no solo contra el proyecto de ayudas a los pobres de su gobierno, sino contra Thomas Paine, el creador de la primera propuesta de Estado del bienestar (Derechos del hombre 1792) y de la renta universal garantizada e incondicional (Justicia agraria, 1797). El señor Dijsselbloem debería echar un vistazo a las raíces intelectuales de su partido (Partij van de Arbeid, que significa Partido del Trabajo) salvo que le parezca perfecto seguir cosechando ese último resultado electoral del pasado 15 de marzo por el cual los socialdemócratas holandeses pasaron del 24,8% de los votos y 38 diputados a 5,7% de los votos y 9 diputados. Tras este resultado el señor Dijsselbloem cogerá su merecida puerta giratoria en agradecimiento a los favores prestados.

Marx, que ya criticó al Partido de los Socialdemócratas Alemanes antes de que naciera, dijo de Malthus que era el adorador de las clases dirigentes, lo llamó perro sicofante (persona que calumnia) y habló de su cinismo sacerdotal y de que el hombre malthusiano (propenso a las borracheras y el libertinaje) solo existía en el cerebro de Malthus. Sería muy fácil terminar este artículo diciendo que el señor Dijsselbloem responde perfectamente a la descripción que hizo Marx de Malthus y de su doctrina pestífera. Pero en realidad, lo que me parece es que las declaraciones del señor Dijsselbloem responden, por encima de todo, a lo que Freud denominó el discurso de lo reprimido, aunque nunca sabremos si eso es parecerse a los europeos del sur o a su colega Geert Wilders, con el que debería quedar para cambiar de peluquero. Que en paz descanse Dijsselbloem.

Rafael Domínguez
 
 
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