miércoles, 22 de marzo de 2017

Europa regala votos a Erdogan, el ‘Extorsionador’


Por Nazanín Armanian



Cuando Tayyeb Erdogan convocó a los inmigrantes turcos en la Unión Europea (UE) a participar en los mítines en favor del referéndum previsto para el mes de abril con el que pretende ampliar sus poderes presidenciales y convertirse así en un dictador integral, ni tan siquiera podía intuir la crisis diplomática que iba a provocar. Varios países se negaron a autorizar los actos propagandísticos de Erdogan, pero Holanda, que acoge a cerca de 400.000 turcos, fue más lejos y no sólo impidió el aterrizaje del avión del ministro turco de Asuntos Exteriores Mevlut Cavusoglu que iba a participar en un mitin en Rotterdam, sino que arrestó a la ministra de Familia, Fatma Sayan Kaya, que fue deportada a Turquía vía Alemania. Como remate final, el Gobierno holandés ordenó a la Policía utilizar cañones de agua y perros para reprimir a los turcos que protestaban por la medida en la calles.

Erdogan llamó “fascistas” a  los miembros del Gobierno holandés (a pesar de ser él mismo un admirador de Hitler), suspendió las relaciones diplomáticas con los Países Bajos —que tiene unos 22.000 millones de dólares invertidos en Turquía— y amenazó con aplicar la Ley de Talión. Según la NTV alemana, Cavusoglu había prometido a Amsterdam no viajar a Holanda durante la campaña electoral en el país, para no provocar a los xenófobos. Tampoco se entiende que Merkel desoyera la petición de Holanda de bloquear el viaje de Sayan Kaya desde Alemania al país de los tulipanes.
 
Mientras tanto, Berlín intentó en vano tomar una decisión salomónica, impidiendo que Erdogan adoptara una posición antigermana: autorizó los mítines en unas ciudades y en otras no. Cuando el jefe turco les llamó “nazis”, cruzando así la línea roja de la psicología alemana, la venganza de Merkel fue bestial: Berlín permitió que 30.000 kurdos se manifestaran en Frankfurt contra Erdogan portando además las imágenes de su bestia negra, Abdulá Ojalan.
 
“Motivos europeos”
 
Los Gobiernos occidentales, incapaces de descifrar las claves del comportamiento de los políticos de Oriente Próximo, recurrieron a la manida excusa de “problemas de orden público” como pretexto para sus decisiones, pero en realidad les mueven otras razones:
  • Arrebatar la bandera electoral “antiinmigrantes musulmanes” a la extrema derecha europea: es el caso de Holanda, que celebraba elecciones parlamentarias.
  • Hacer un gesto contra Erdogan, que no contra Turquía. Su triunfo en el referéndum causaría mayor tensión en el país (que está sufriendo una guerra fuera y otra dentro), afectando a la estabilidad de Europa. Cerca del 28% de los 4 millones de personas de origen turco-kurdo que viven en Alemania podrán votar en el referéndum. De ellos, el 60% son votantes del Partido derechista-islámico de Justicia y Desarrollo (AKP) de Erdogan.
  • Poner límite a las injerencias de Ankara en sus asuntos internos: en 2016 Erdogan llegó a pedir a Merkel que procesara al comediante Jan Bohmermann por mofarse de él. La canciller, que es poderosa sólo contra los débiles (refugiados), accedió, y si no es por la presión de los defensores de libertad de expresión, el humoristas hubiera sido juzgado. ¿Permitiría el islamista Erdogan una manifestación de los comunistas sirios, griegos o libios en Estambul?
  • Impedir que sus países se convirtane en el campo de batalla de un político extranjero, Erdogan, capaz de provocar enfrentamiento entre los “nuevos ciudadanos”: en Alemania viven medio millón de alevíes (una corriente islámica no sunnita) y cientos de miles de kurdos. Una movilización a favor del líder turco podría convertir la fragmentación existente entre los originarios de Turquía en un conflicto activo.
  • Inculcar en los ciudadanos de origen turco nacidos en Europa que ya son efectivamente ciudadanos europeos y no de Turquía.
¿Una campaña electoral turca en Europa?
 
Erdogan, sin tener en cuenta el auge del fascismo en Europa y la delicada situación de sus gobernantes en una atmósfera contra los inmigrantes, decidió exportar su campaña con el fin de:
  • Recoger el voto de millones de turcos en la UE, ante la incertidumbre sobre el resultado del referéndum.
  • Incrementar la tensión con los “europeo-cristianos” para ganar el voto de los sectores “turco- islamistas”. Erdogan utilizó esta maniobra en las elecciones de 2015: reanudó la guerra contra el PKK para conseguir el apoyo de los partidos anti-kurdos.
  • Aprovechar la libertad de reunión y expresión en dichas tierras (valiosa conquista de sus pueblos), para promover la eliminación de las libertades civiles en Turquía, convirtiendo el “Estado de excepción” —que ha suspendido los derechos civiles y políticos—, impuesto tras el no tan fallido golpe de estado de 2016 en el estado habitual en Turquía.
  • Con el ruido generado, Erdogan prevé desviar la atención pública del informe de la ONU que le acusa de “graves violaciones” de los derechos humanos en el conflicto kurdo: entre el julio de 2015 y el diciembre de 2016, su gobierno asesinó a cerca de 2.000 kurdos y forzó a 500.000 más a huir de sus hogares. Cientos fueron torturados, hubo desapariciones, violaciones, y miles de personas fueron privadas del acceso a alimentos y cuidados médicos.
  • Consolidar la influencia turca sobre los asuntos internos europeos. Las protestas en su apoyo en Alemania y Holanda han sido contundentes. El “fiscalizador del útero” de las mujeres turcas, ha pedido a los inmigrante turcos tener al menos cinco hijos. No importa que, al igual que en Turquía, el capitalismo deje a millones bebés tucos en la pobreza más absoluta.
  • Puesto que la UE no le deja entrar en su club, Erdogan disfruta llevando este tipo de situaciones al límite; luego tratará con cada país de forma individual.
  • Dar un final emocionante al sueño europeo, iniciando otro imposible: el otomano; desde su especial estado mental ya se ve un Sultán todopoderoso.
Y el ganador es… Tayyeb Erdogan
 
Así consiguió el presidente turco pasar de una posición defensiva en Europa a la otra ofensiva. Está encantado de ser protagonista de una crisis internacional. En su país le aplauden por enfrentarse a los “imperialistas europeos” y los indecisos, ahora sí, que pueden darle una alegría. Tanto si los europeos le piden disculpas como si no, Erdogan será el héroe para la gente ingenua. Ha conseguido el objetivo de maximizar su beneficio electoral.
 
En épocas electorales, no hay nada mejor que recurrir a la existencia de un enemigo exterior. La política exterior de Turquía ha perdido su viejo centro de gravedad y el obsoleto panturquismo islamista es incapaz de sustituirlo: por llegar tarde a su cita con la historia. No se puede llamar fascista a los colegas de la OTAN, al mismo tiempo mentir a Rusia y seguir patrocinando a los terroristas en Siria, y paralelamente barajar un frente unido con Israel y los árabes contra Irán. Crear enemigos ha sido la especialidad del megalómano gobernante turco.
 
Alemania debe tomar en serio las dos principales amenazas de Ankara: la primera, volver a inundar Europa de refugiados durante las elecciones generales alemanas, que se celebrarán en septiembre, si no liberaliza el visado para los 80 millones de turcos; la segunda amenaza se condensa en esta frase del ministro de de Asuntos Exteriores turco: “Las guerras santas comenzarán pronto en Europa”. El socio musulmán de la OTAN puede aplicar su macabra experiencia de Siria a Europa, África y donde sea mientras una oportunista Merkel sea rehén del extorsionador Erdogan.
 
Queda una duda en el aire: ¿La UE pretende, en la misma línea de Estados Unidos, debilitar a Erdogan o se trata de una pantomima electoral? Que Erdogan llame “nazis” a los europeos no le impedirá volver a besar sus manos. Más grave fue derribar un avión ruso: meses después Rusia firmaba acuerdos estratégicos con Moscú.
 
Que la dictadura religiosa turca se independice de Occidente le convierte en “antiimperialista sólo ante las masas indoctas”.
 
La UE no podrá liberarse ni de los chantajes de Erdogan ni de la caída de Turquía al infierno: es cómplice de sus fechorías y crímenes, por los pactos de sangre que firmaron en Libia o en Siria.
 
Dividir a la población por su fe, origen y sexo es una cortina de humo de los mandatarios de Occidente y Oriente con la que quieren tapar la indignante brecha entre los pobres y las élites gobernantes.
 
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