domingo, 25 de junio de 2017

Los repudiados del capitalismo en China

Tres discapacitados internos en el orfanato católico de Liming, en Biancun (provincia de Hebei, al norte de China)


Tangqiusan (China)

Unos 10.000 niños discapacitados o enfermos son abandonados cada año en orfanatos porque sus familias no pueden mantenerlos.

A Tian Tabao la abandonaron sus padres cuando era un bebé. Había nacido tetrapléjica: solo podía mover la cabeza. La mujer que se hizo cargo de ella acabó entregándola a Liming (“Amanecer Brillante”), un orfanato católico para discapacitados en Biancun, una aldea de la provincia de Hebei, en el norte de China. A sus 29 años, Tabao aún vive allí.

“Estar aquí es seguro. Aquí todos somos una gran familia. Nos ayudamos y aprendemos los unos de los otros. No importa que hagamos las cosas más lento o más rápido”, explica. Fuera es distinto. “Cuando acabo de trabajar, si voy de compras, veo que me miran raro. Me doy cuenta de que en general la sociedad no es muy tolerante con los discapacitados”, dice esta joven de ojos vivaces, semblante serio y las ideas muy claras, que a base de tesón ha aprendido a manejar un ordenador con la boca, hasta convertirse en una de las gestoras de las redes sociales del centro.

Cada año, aunque el número ha ido en descenso gradualmente, llegan aún a los orfanatos aproximadamente 10.000 niños abandonados. La gran mayoría, hasta el 98% según algunos cálculos, están enfermos o son discapacitados.

Detrás de ese porcentaje hay varios factores. La sociedad china ha mirado tradicionalmente las malformaciones con recelo. En un país en el que las autoridades calculan que un 6% de la población —cerca de 85 millones de personas, más que toda la población de Alemania—, padecen algún tipo de discapacidad, hasta los años 90 se denominaba a estas personas “canfei”: malformados e inútiles. Un defecto físico se percibía como reflejo de una tacha moral o un castigo divino por alguna maldad suya o de su familia. “Se les percibía como una carga. Una familia con un miembro discapacitado era vista como gente maldita”, explica Wang Zhenyao, director del Instituto de Investigación sobre la Filantropía, un “think tank” chino especializado en la asistencia social. Hace una década se destapó una red que esclavizaba a miles de ellos; la historia se repitió cuatro años después.
 
A esta percepción se ha sumado la fuerte carga económica que puede suponer un dependiente en esas condiciones. Con un sistema de seguridad social aún muy incipiente, el tratamiento puede agotar rápidamente el salario medio de un trabajador migrante, en torno a los 4.000 yuanes (unos 600 euros) mensuales.
 
Liming, fundado en 1988 ante el aumento en aquella época de abandono de menores con incapacidades, acoge en tres centros a cerca de 160 personas, de edades entre los dos y los más de treinta años.La mayoría fueron recogidos de bebés. “Los dejaban frente a la puerta, o junto a la iglesia del pueblo, en cajas. Muchos con ropa, pañales, algo de comida o dinero…” Una pequeña ayuda, testimonio quizá del desgarro causado por desprenderse de un hijo, explica la hermana Yang, coordinadora de la organización. “Muchas veces lo hacen porque no pueden más, no tienen dinero o no saben o pueden cuidar del niño. Y saben que nosotras no rechazamos a nadie”.
 
Muchos otros no tienen otra perspectiva que continuar allí para siempre. ¨¿Posibilidades de adopción? Para estos niños, muy pocas”, reconoce Lang Lixia, directora del orfanato. El centro ha dejado de aceptar nuevos pupilos para dedicarse a los que envejecerán allí.
 
En los últimos 20 años se han producido avances. El Gobierno chino está construyendo más orfanatos con más fondos para atender a los niños abandonados. La ley de 2008 sobre discapacidades obliga a no discriminar entre minusválidos y las personas de capacidad plena. Las grandes empresas deben reservar un 1,5% de sus puestos de trabajo para minusválidos, so pena de una multa. El Estado entrega una cantidad por niño para facilitar su tratamiento. Tras numerosas quejas, el Gobierno ha invertido cerca de 70 millones de euros en acondicionar 25.000 lavabos públicos. Liming ha empezado a recibir un pequeño subsidio por cada pupilo que acoge.
 
Aunque aún falta mucho por hacer. La sociedad, reconoce el experto Wang, aún está lejos de sentirse concienciada:, “los discapacitados siguen siendo aún en muchos casos ciudadanos invisibles”, comenta. En metrópolis como Pekín o Shanghái es fácil encontrar estaciones de metro sin acceso para ellos. Los carriles especiales para ciegos pueden terminar fácilmente contra una valla o una baliza. Las multas a las empresas son difíciles de cobrar en la práctica.
 
Incluso en centros como Liming, reconoce la directora del orfanato, Lang Lixia, las cuidadoras carecen de una formación formal como asistentes sociales, y son las más experimentadas las que explican cómo hacer las cosas a las más jóvenes, o a los voluntarios que acuden a echar una mano. Las necesidades son muchas, y los fondos, los justos. Desde hace tres años, por recomendación de las autoridades locales, han dejado de aceptar nuevos casos.
 
En el tratamiento a los discapacitados, simplemente “no es posible que el Estado se haga cargo de todo el cuidado de niños abandonados y discapacitados. Hay cosas que el gobierno no tiene la energía o la capacidad de hacer” —explica Qiao Qingmei, del Instituto para Discapacidades de la Universidad Renmin de Pekín—. “La tendencia será reforzar a las fuerzas civiles y las ONG. Que el Gobierno mantenga el control, pero subrogue los servicios a estas organizaciones”, muchas de ellas confesionales, como Liming.
 
Lang, la directora del orfanato, lo tiene claro. “Si nuestros niños no estuvieran aquí, estarían en condiciones mucho peores”.
 
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